lunes, 19 de marzo de 2012

LA EXPERIENCIA GUERRERA DEL PADRE BALTASAR GRACIÁN sj

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Fue Baltasar Gracián sj  capellán de soldados. No era cosa extraña entre los jesuitas de aquellos tiempos a los que, por honra a su fundador, siempre les tiraba lo militar. Evaristo Correa Calderón estudió esta vivencia del escritor. Estuvo Gracián en el socorro de Lérida en 1646, en la guerra contra Francia, cuando lo de Cataluña. En noviembre de ese año contaba en una carta lo que había vivido en esos días. Decía: "estuve exhortando los tercios así como entraban a pelear". Los soldados, vistos en peligro de muerte, querían ponerse a bien con Dios: "toda la noche confesé marchando y cuando hacíamos alto; en mi vida trabajé más". Añade: "venian a porfía por mí los maeses de campo y hubo cabo que dijo que importó tanto esto como si les hubieran añadido 4.000 hombres más".

No estuvo Gracían bien recogido en la retaguardia sino en lugares de peligro, con gran riesgo de su persona: "por señas que dieron dos balas de artillería en el mismo escuadrón donde yo actualmente estaba entonces y muchas balas de mosquete que pasaban entonces". Los que tiraban eran los del conde de Harcourt. Acabó la jornada y Gracián recorrió el campo confesando y ayudando a bien morir a unos y otros, españoles y franceses. Debió de ser esto más duro que las refriegas y los asaltos. Allí entre lamentos, tristezas, muertos y moribundos. Da cuenta de los cuatrocientos franceses que allí quedaron: "blancos como la nieve, de rubias melenas, entre los cadáveres de los caballos". Dijo, además, el jesuita: "confesé algunos que aún estaban vivos. Otros no querían confesarse que decían ser de la religión, esto es herejes".


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Para la Orden de Loyola. Colaboración de S.E. Cab Dr Don Hilario Muruzábal Herrera SOMCHSIL.Posición del Presidente de Chile frente al aborto

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Mi compromiso con la vida
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He seguido con mucha atención el debate sobre el aborto, luego que la Comisión de Salud del Senado aprobara tres proyectos de ley, tendientes a despenalizarlo, bajo ciertas circunstancias.

Antes de expresar mi posición respecto del fondo, creo útil y necesario hacer dos consideraciones de forma. La primera, es que este es un debate legítimo y necesario en una sociedad democrática y plural como la nuestra. La segunda, es que no debemos plantear este debate presumiendo mala fe o descalificando al contendor, sino argumentando, con respeto y seriedad, en base a principios, convicciones y la búsqueda del bien común.

Respecto al fondo, como todo el país sabe, soy contrario a la legalización del aborto por múltiples razones y de diversa naturaleza. Me asiste la tranquilidad de ser ésta una posición que he mantenido en público y en privado, durante toda mi vida, incluido el período en que fui Senador, dos veces candidato a la Presidencia, y así quedó consignado en los respectivos programas presidenciales, y que hoy ratifico como Presidente de la República.

Esta firme y clara posición se sustenta en argumentos de distinta naturaleza. Primero, de carácter jurídico. Nuestra Constitución Política asegura a todas las personas el derecho a la vida. Y tanto la Corte Suprema como el Tribunal Constitucional han fallado invariablemente que, de acuerdo a nuestro ordenamiento jurídico, el niño por nacer (nasciturus) es también una persona, cuya vida debe ser protegida. Y por si esto fuera poco, la propia Constitución le encarga al legislador la adopción de las medidas necesarias para “proteger la vida del que está por nacer”.

La segunda razón es de orden práctico. En la duda siempre es mejor optar por la vida. Porque aún si no tuviéramos certeza respecto del tratamiento jurídico que ha de darse a una vida humana en gestación, lo correcto y sabio es asumir una posición humilde y optar por aquella que sea más favorable a la protección y desarrollo de esa vida. Tratándose de cuestiones que involucran la vida o la dignidad humana, en consecuencia, más vale ser prudentes que proceder de manera apresurada.

La tercera razón es que no se trata de una decisión que competa solamente a la madre o a los padres del niño que está por nacer. Está involucrado también la vida de un ser nuevo, único, irrepetible y distinto a sus padres, cuya vida debe ser defendida con mayor fuerza, precisamente por su condición de plena inocencia e indefensión.

La cuarta razón es de orden religioso. Como cristiano creo en la vida como un don de Dios. Sólo él tiene el poder para dar la vida y el derecho a quitarla. Por eso, soy partidario de proteger la vida y dignidad humana desde su concepción hasta la muerte natural. Y, por lo mismo, soy también contrario a la eutanasia y la pena de muerte.

Sin perjuicio de ello, estoy consciente que este argumento de naturaleza religiosa, por sí solo, no es suficiente para justificar una prohibición estatal absoluta del aborto en nuestro país. Entre otras razones, porque no tiene sentido debatir en la esfera pública desde convicciones puramente religiosas, que no son susceptibles de ser deliberadas, ni pueden ni deben quedar sujetas a las reglas de mayorías, propias de un sistema democrático.

Buena parte de la discusión de estos días se ha centrado en el que es, sin duda, el caso más dramático al que una madre embarazada puede verse enfrentada: tener que decidir si realizarse o no un tratamiento médico, que le permitiría salvar su vida, pero a costa de poner en riesgo la del hijo o hija que lleva en su vientre. Afortunadamente, los avances de la ciencia y la medicina han hecho que la posibilidad de una colisión ineludible entre estas dos vidas sea altamente improbable. Pero aun así, no estamos en condiciones de descartar que situaciones como ésta puedan producirse. Para estos casos excepcionales y extremos, no cabe duda que tanto nuestro ordenamiento jurídico como los protocolos médicos autorizan a intervenir, quirúrgica o terapéuticamente, para salvar a la madre si así ella lo decide, aun cuando, como efecto no deseado ni buscado, dicha intervención pudiere poner en riesgo la vida del hijo. En pocas palabras, si la madre opta por realizarse el tratamiento que le salvará su vida pero no la de su hijo, no estaríamos frente a un caso de aborto. De la misma manera que si decide optar por la vida de su hijo y arriesgar o sacrificar la suya propia, decisión que debe respetarse, no estaría cometiendo suicidio. Se trata de una decisión sin duda desgarradora, frente a la cual la sociedad puede y debe acompañar y dar apoyo a la familia afectada, pero en ningún caso juzgarla ni, menos aún, condenarla.

Por otra parte, los argumentos en favor del aborto eugenésico, que es el que se propugna para situaciones de inviabilidad o malformaciones del feto, y del que ha sido denominado aborto ético-social, que permitiría poner término a un embarazo que ha sido consecuencia de una violación, son incorrectos puesto que supondrían atribuirnos el derecho a clasificar a seres humanos en superiores –aquellos que merecen vivir- e inferiores –aquellos que no merecen vivir-, y además, condenar a muerte a seres absolutamente indefensos e inocentes de las circunstancias de su concepción.

Pero no basta simplemente con oponerse al aborto aunque sea con muy buenas razones. No sabemos con certeza cuántos abortos provocados se realizan cada año en Chile, entre otras razones, porque se trata de una conducta ilícita, por lo que la inmensa mayoría de quienes lo realizan lo hacen de manera clandestina y secreta para evitar ser objetos de una sanción penal. Pero sí sabemos que, lamentablemente, no se trata de una práctica aislada en nuestro país, sino que su número se contaría, en el mejor de los casos, en decenas de miles cada año. Es decir, estamos frente a una situación dramática, no sólo para esos miles de niños que nunca llegarán a nacer, sino también para su madre, su familia y la sociedad toda.

En consecuencia, debemos intentar desentrañar sus causas profundas, comprender mejor sus consecuencias e implementar mejores políticas para prevenir los abortos y los embarazos no deseados. Este ha sido un compromiso central de nuestro Gobierno, a través de múltiples políticas públicas, entre las que quisiera destacar: primero, la ampliación del postnatal de tres a seis meses y la ampliación de su cobertura, de una de cada tres, a la totalidad de las mujeres trabajadoras en edad fértil, beneficiando así, potencialmente, a dos y medio millones de mujeres chilenas. De esta forma pretendemos que la maternidad nunca sea un obstáculo para acceder a un trabajo, ni el trabajo un obstáculo para ser madre.

Segundo, el programa de maternidad vulnerable, que desarrolla el Sernam, y que ya ha beneficiado a más de 55 mil mujeres. Este programa que incluye a sicólogos, abogados, sociólogos y asistentes sociales, presta atenciones presenciales y en línea a mujeres con problemas relacionados con el embarazo o la maternidad, tales como acceso al pre y post natal, depresión pre y post parto, embarazos no deseados, duelo por pérdida de un hijo, problemas de pensión de alimentos, tuiciones, etc.

Y tercero, el programa del Sernam orientado a las madres adolescentes, que atiende a miles de mujeres en materia de reinserción educacional y laboral, cuidado de niños, prevención de nuevos embarazos no deseados, etc.
Estos programas son especialmente útiles y necesarios porque estoy seguro que ninguna madre que recurre al aborto, lo hace sin un profundo desgarro interior y la mayoría de las veces impulsada por un sentimiento de angustia y abandono. Detrás de esta acción muchas veces se esconde la desesperación, el desamparo y la incomprensión de la sociedad, y muchas veces también de su familia, lo que la hace sentirse incapaz o imposibilitada de llevar a feliz término su embarazo.

Algunos esgrimen que Chile sería un país menos moderno y civilizado por no imitar lo que han hecho otras naciones supuestamente más desarrolladas, donde el aborto no sólo es legal sino ampliamente aceptado. Pero están equivocados. Olvidan que Chile tiene una tradición más que centenaria de protección de derechos fundamentales. Que fuimos uno de los primeros países del mundo en establecer la libertad de vientres y prohibir la esclavitud. Y que precisamente la forma como una sociedad trata a sus miembros más débiles -los adultos mayores, los enfermos, los más pobres, los que sufren alguna discapacidad y los niños que están por nacer- dice mucho más sobre el grado de su civilización que su riqueza material, o la altura de sus edificios, o la calidad de su infraestructura o su poderío militar.

Columna publicada en El Mercurio




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domingo, 18 de marzo de 2012

" MAESTROS" Expresado en un escrito, por el Mayor de Caballería D. Luis Noailles French.-

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Regimiento 6 de Caballería
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Hoy vamos a transmitir un homenaje a los maestros,a través de lo expresado en un escrito, por el Mayor de Caballería D.Luis Noailles French.-

A fines de l933 volvíamos de la Cambai situada al Norte del río Mocoretá en la Prov. de Corrientes.-Luego de realizar una maniobras muy lluviosas,ya atravesamos el nombrado río,con 1.000 metros de ancho a nado y 5 kms. de bañado,cansados y con la ropa húmeda.-

A la cabeza de la columna marchaba el Tte.Cnel.Donovan con su ayudante el Subteniente Espinosa.- Atrás de ellos marchaba yo con la bandera de guerra enfundada, luego los 5 escuadrones.- Serían las 11 horas y el sol rajaba la tierra y la humedad era insoportable.-Desde una lomada vimos un grupo de chicos, acompañados por una maestra de nomás de 20 años corrían hacia el camino. Al fondo se divisaba una escuela rancho y su bandera.-

El Tte. Cnel. Donovan ordenó al corneta de órdenes de alto y el regimiento se detuvo.Luego hizo tocar Prepararse para desfilar y a mí,me ordenó: subteniente desenfunde la bandera.-Hizo pasar la banda al frente y esperamos que la Señorita maestra llegara con los chicos al alambrado.-Arrancó la banda y él se dirigió hacia el grupo de argentinos y saludando a la Señorita y pidiéndole permiso para inciar el desfile con su sable desenvainado.-Los chicos eran una sola boca abierta y la maestra lloraba,digo mal sollozaba.-Estabamos listos y todo el Regimiento 6° de Caballería rindio honores a ésa maestra y a sus alumnos, mientras las lágrimas brotaban silenciosas y ése grupo humano argentino miraba absorto a las armas de la Patria que reconocían sus sacrificios por hacer cada día algo por la Argentina.-

Fué para mí el más brillante desfile de toda mí carrera militar, que hoy a mís 86 años (l998) me emociono hasta las lágrimas cuando recuerdo el momento que Dios me permitió vivir....

Enviado por Ernesto Ferrero Casaretto


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Reunión de la Junta IAJBS en Roma (16-Mar-2012)


International Association of Jesuit Business Schools


La junta directiva de la Asociación Internacional de Escuelas de Negocios Jesuitas (IAJBS) tuvo una reunión en la Curia General, los días 8 y 9 de Marzo de 2012 . Además de deliberar sobre los temas de la agenda, los miembros de la junta di rectiva se encontraron con el Padre General para comprender lo que la Compañía espera de IAJBS. IAJBS empezó su andadura en 1993 y es una red global de líderes académicos admin istrativos de Colegios, Universidades e Institutos comprometidos en promover el concepto de administración como profesión y vocación. La Asociación quiere preparar a hombres y mujeres competentes en los negocios y la economía en el contexto de un mundo cada vez más global. Es una educación que se basa en la justicia , y está muy comprometida con los principios ignacianos.


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La Soberana Orden Militar de Caballería Ligera del Papa de “San Ignacio de Loyola”, invita a sus Dignatarios, adherentes y amigos, a la conferencia organizada por el Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas (Palacio Balcarse)

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La Soberana Orden Militar de Caballería Ligera del Papa de “San Ignacio de Loyola” invita a sus Dignatarios, adherentes y amigos, a la conferencia organizada por el Centro de Oficiales de las Fuerzas Armadas (Palacio Balcarse) que, sobre el tema "Bicentenario de la Creación del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín", pronunciará su actual Segundo Comandante de la Unidad, Teniente Coronel Dn. Gustavo SÍVORI, el próximo miércoles 21 de marzo de 2012, a las 1830 hs.
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PALACIO BALCARCE
Presidente Quintana 161 - Recoleta
Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina

Cte Pr (R) Dr D Carlos Gustavo Lavado Roqué PhD
 
 
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jueves, 15 de marzo de 2012

Los Jesuitas introducen la imprenta en América a comienzos del siglo XVI.

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En América, la Imprenta se introdujo a comienzos del siglo XVI, primero en los Virreinatos de Nueva España (México) y Perú, y, mas tardíamente, durante el siglo XVIII, fue introducida en el Virreinato de la Nueva Granada y en el Virreinato del Río de la Plata.

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LA BATALLA DE MBORORE. Más de 10.000 soldados, armados con toda clase de elementos, se aprestaron a defender su tierra; centenares de canoas y hasta una balsa artillada, formaban parte del ejército de la Compañía de Jesús. Por Felix Luna

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Bandera de la Hispanidad en las Américas, 
adoptada como símbolo de las Américas 
por la séptima conferencia internacional 
Americana de Montevideo 
el 13 de diciembre de 1933.

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Hay batallas que sólo sirven para entretener a historiadores. Pero hay otras que fueron realmente importantes y a veces no son las más difundidas. Por ejemplo la batalla de Mbororé, que nadie recuerda hoy y sin embargo ha sido la mas trascendente acción bélica de nuestra historia puesto que impidió que la actual Mesopotamia argentina fuera hoy territorio brasileño.

No es reprochable que no queden memorias de esta acción. Ocurrió hace más de tres siglos y los contendientes fueron habitantes de dos imperios ya olvidados: por un lado los guaraníes que vivían en las reducciones jesuitas en lo que hoy es Paraguay, Misiones y Corrientes, una verdadera nación con leyes, idioma y economía propios. Los otros protagonistas de la batalla de Mbororé fueron los bandeirantes, aventureros que tenían su centro de acción en Sao Paulo y eran una mezcla de portugueses, mestizos e indios tupíes, verdaderos piratas de la tierra, desacatados de toda autoridad y profesantes de un vago cristianismo sincretizado con toda clase de supersticiones. Agrupados libremente en compañías o "bandeiras", tal como los bucaneros del Caribe, incursionaban sobre las misiones de la Compañía de Jesús en busca de esclavos. Pues los jesuitas habían enseñado a sus neófitos a profesar toda suerte de oficios, pero eran indefensos como corderos.

Desde 1620 en adelante los avances de las "bandeiras" se hicieron tan atrevidos que los hijos de Ignacio de Loyola prefirieron abandonar algunas de sus reducciones y trasladar poblaciones enteras antes que seguir exponiéndose a esos ataques. Sabían que era necesario rogar a Dios pero también dar con el mazo... Los jerarcas de la orden deliberaron, pues, en Buenos Aires, y firmemente resolvieron defenderse. Trasládase a varios jesuitas que habían sido militares antes de ordenarse sacerdotes y les encomendaron la organización castrense de los guaraníes. Luego obtuvieron que el rey de España levantara la prohibición que vedaba a los indios el manejo de armas de fuego.

Adquirieron todos los artefactos bélicos disponibles y, no desdeñando los recursos espirituales, consiguieron del Papa un Breve que fulminaba con excomunión a todo cristiano que cazara indios. Pero cuando el jesuita que portaba el documento papal lo difundió en Soa. Paulo corrió peligro de ser linchado: una de las industrias paulistas era, precisamente, la caza de guaraníes para proveer mano de obra gratuita a los ingenios y fazendas de la región.

A fines de 1640 los jesuitas tuvieron evidencias de una nueva incursión de bandeirantes más numerosa que las anteriores. Apresuradamente concentraron a sus bisoños soldados y maniobraron hasta esperar a los paulistas en el punto de Mbororé, en la actual provincia de Misiones, sobre la ribera derecha del Alto Uruguay. Más de 10.000 soldados armados con toda clase de elementos se aprestaron a defender su tierra; centenares de canoas y hasta una balsa artillada formaban parte del ejército de la Compañía de Jesús

Los portugueses venían en 300 canoas y estaban tan acostumbrados a arrear sin lucha a los pacíficos guaraníes, que no tomaron las mínimas previsiones aconsejables. Unas oportunas bajantes del río que naturalmente los religiosos certificaron como ayuda providencial contribuyeron a desordenar a los invasores.

El 11 de marzo de 1641 los soldados de Loyola empezaron a arrollar a los bandeirantes: la batalla duró cinco días. El ingenio jesuita había provisto a sus discípulos de armas tan curiosos como una catapulta que arrojaba troncos ardientes. Finalmente, los paulistas debieron huir desordenadamente por la tupida selva. Anduvieron diez días arrastrando a sus heridos y enterrando a sus muertos.

Pero los jesuitas estaban resueltos a terminar con la cuestión paulista. El día de Viernes Santo, mientras los derrotados oraban por su salvación, los guaraníes dieron cuenta de los últimos restos de la bandeira. Los contados sobrevivientes, acosados por las fieras, los indios caníbales y la selva, tardaron un alto y medio en regresar a Sao Paulo. Fue un escarmiento definitivo. No hubo más bandeirantes sobre el imperio jesuítico, que desarrolló desde entonces todo su hermético esplendor.

Si no hubiera sido por esa batalla curiosamente anfibia, con varias etapas en el río y otras en la selva, el avance portugués se habría extendido infaliblemente sobre Misiones, Corrientes y hasta Entre Ríos, y el mismo Paraguay no se hubiera salvado de la anexión. Así de pequeñas son las causas que colorean en definitiva los mapas de los continentes. La olvidada y remota batalla de Mbororé salvó esa vasta comarca que seria más ancha si la diplomacia portuguesa y su sucesora, la de Brasil, no hubieran avanzado al estilo bandeirante sobre nuestro noreste.

Pero no hubo guaraníes valerosos ni jesuitas decididos para oponerse a esta acción. Y en cambio sobró imprevisión e incapacidad para dejar perder esa parte de la herencia nacional. (Ver Los Jesuitas en América)

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Ad Majorem Dei Gloriam

Ad Majorem Dei Gloriam
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