viernes, 19 de febrero de 2016

20 de febrero de 1813.“Ni vencedores ni vencidos”. Por S.E. Cab Don Andrés Mendieta OCSSPSIL.





“Siempre se divierten los que están lejos de las balas y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos. También son esos que critican las determinaciones de los jefes. Por fortuna dan conmigo que me río de todo y hago lo que indica la razón, la justicia y la prudencia y no busco gloria, sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”.

Ruda repuesta del creador de la bandera nacional a quienes lo juzgaron por haber dispuesto que los restos de los muertos -patriotas como realistas- fueran enterrados en una misma fosa cobijados por la cruz de Cristo, donde podía leerse “a los vencedores y vencidos”.

Belgrano, después de su  triunfo en Tucumán y con la intención de oprimir al ejército vencido verificar -según Bernardo Frías-  que: “las tropas se hallaban impagas y las cajas del ejército estaban vacías” requirió un nuevo gesto de patriotismo a los vecinos  mediante un sacrificio monetario. Doña Isabel Aráozrefugiada en Tucumán junto a su esposo el teniente coronel de voluntarios de Salta Santiago Figueroa se quitó de un collar de perlas de desmedido valor como una ayuda para el ejército; actitud que fue imitada por Francisco de Gurruchaga, José de Moldes, Mariano Benítez, Bernabé Aráoz, Francisco Aráoz, Francisco Lezama y el gobernador tucumano Francisco Ugarte, entre otros, que entregaron  significativas suma de dinero, caballares y mulares.

Muchos sostienen que los colores azul y blanco de nuestra bandera fueron testigos y aliento de los héroes. Este emblema parecía haber sido creada por Belgrano inspirándose en los colores de la Virgen predilecta o los del cielo; “los que  irradian también la pureza del alma de la que la concibió”.

El 12 de enero de 1813 partió Belgrano desde Tucumán al mando de tres mil entre soldados y milicianos detrás el ejército dirigido por el vencido militar Juan Pío de Tristán y Moscoso, nacido en Arequipa (Perú), que Huía hacia Salta.

Este paladín de la nacionalidad, de firme convicción católica, al iniciar la marcha con el mayor entusiasmo destacó que: “de su disciplina y subordinación me prometo; Dios mediante, los resultados más favorables, y sobre todo del gran aprecio que hace de sus bayonetas, habiendo conocido la importancia de esta arma, y que a su presencia, los enemigos abandonarán el puesto”. Este plan concluía confirmando su fe en que echaría al hostil de las regiones que invadía.

Trasponer el río Pasaje fue muy arriesgado por el caudal colérico de agua que remolcaba pedrejones  y tupidos árboles, en ese caliente y lluvioso verano. Se innovaron puentes con pontones firmes sobre toneles untados con alquitrán.

El 13, después de un día de descanso, ante las exiguas disponibilidades para el pago a los efectivos se abonó  a unos cuantos cuatro pesos; a otros tres y hasta dos a otros tantos. El general Manuel Belgrano ordenó la formación sobre la ribera del Pasaje de los jefes, oficiales y soldados para prestar juramento de fidelidad a la Asamblea del Año XIII; acto presidido por la bandera celeste y blanca, lábaro que a partir de esos momentos ondeó al frente del Ejército del Norte.

Con respecto al símbolo izado el 27 de febrero de 1812 a orillas del Paraná el Triunvirato desautorizó a Belgrano y le ordenó que izara una bandera española. El mandato fue desoído o desconocido por Belgrano y la volvió enarbolar en Jujuy, celebrando el segundo aniversario del Movimiento de Mayo. Una vez más el gobierno de Buenos Aires amonestó al prócer ante visible rebeldía; jurando éste que “destruiría la bandera izada en Rosario  y que manifestaría a quienes por ella indagasen, que la retenía para izarla después de una gran victoria”.

En el acto del 13 de febrero Díaz Vélez tomó el pabellón y Belgrano, desenvainando su espada, expresó: “Éste será el escudo de la nueva divisa con que marcharán al combate los defensores de la Patria”. Formando una cruz con el asta de la bandera y su sable  fue besada por cado uno de los presentes. Después de un desfile Belgrano  con su espada talló en un árbol: “Río Juramento”, como aviso de este evento, 

La batalla del 20 de Febrero

Tristán  con el deseo  de obstruir cualquier intentona que Salta fuera ecobrada dispersó soldados armados por diferentes accesos a la ciudad, utilizando además la intuición de prácticos baquianos de la zona. Reza el refrán popular: “hasta al mejor pescador se le escapa la presa” no ser tomó en cuenta el enmarañado ingreso por la Quebrada de Castañares. Esto ocurrió en la lluviosa noche del 17.

La formación soportó en su avance por el desfiladero el agua de los afluentes y los derrumbes de los cerros. La senda plagada de  obstáculos fue vencida gracias al tesón y al empeño de los bravos militares.  A fuerza y pulmón lograron remolcar  las doce piezas de artillería y cincuenta carretas cargadas con municiones, alimentos, pertrechos y todos aquellos elementos para la gran campaña.

Sería injusto aquí olvidar aquel decidido personaje vinculado a una tradicional familia quien, por sus facciones,  era conocido: “Chocolate”. Estoy reseñando al capitán José Apolinario Saravia, ayudante de Manuel Belgrano, gran conocedor de la zona, quien condujo a las fuerzas pa­triotas por la abrupta quebrada hasta situarlas en Chachapoyas y des­pués en Castañares. Propietario de Castañares era don Pedro José Sara­via, padre del capitán que permitió a Belgrano ocupar una posición de privi­legio frente a las tropas realistas que avasallaron la ciudad.

         A su valerosa actuación antes y durante la batalla hay episodios que refrendan la lealtad de “Chocolate” Saravia. Valiéndose del color cobrizo de su piel y su rostro lampiño, como la mayoría de los indígenas, se disfrazó de leñatero vistiendo con calzón, hojotas y un sombrero rústico y viejo. Con este ropaje me colaba a la ciudad arriando una recua de burros carga­dos de leña, único combustible utilizado en aquellos tiem­pos. Con su voz ronca y desentonada ofrecía su mercancía a un precio sumamente alto con el propósito que nadie la com­prara. En su andar advertía los desplazamientos de los invasores.

         Una vez que había reunido la información regresaba al campamento de Belgrano donde el jefe patriota, utili­zando los datos producidos procesaba el plan para recuperar la ciudad.

Algo para recordar

         No existía calma en la ciudad. Los invasores en permanente movimiento. Tristán se alojaba en la casa de Costas (ex calle del Comercio), al lado del Cabildo; algunos oficiales en una vivienda ubicada de dos planta levantada a pocos metros del Tagarete de Tineo (hoy avenida Belgrano); otros junto a la tropa en los templos de San Francisco y de la Iglesia Matriz o en el Convento de los Mercedarios (20 de Febrero y Caseros –La Caridad Vieja y del Comercio). Los monárquicos dejaban pasar las horas recostados con las armas en mano al aguardo de una virtual acometida de los patriotas.

         En la noche del 19, antes de la batalla, en la casa de Hernández (hoy Museo de la Ciudad, Alvarado y la Florida -barranca del río Primero y de Las Angustias- se cumplió una reunión social a la que asistieron distinguidas damas y oficiales españoles ocasión que sirvió para tentarlos  a desertar ante un virtual combate;  huyendo por la casa de Juana Moro de López. Definida la lucha marcharon hacia las lomas de Medeiro, y allí, desleales, gauchos, peones y mujeres ataron a las colas de los caballos y al galopar levantaban tierra que hicieron temer que habían arribado refuerzos para las fuerzas de Belgrano. Una vez más, esta “picardía criolla”, obligaron a Pío Tristán cambiar permanentemente la estrategia de defensa de la ciudad conquistad.

La acometida fue muy dura. Se inició a las 11 de la mañana. Belgrano mostraba sufrir una fuerte dolencia y a pesar de la cual montó su caballo para dirigir a sus hombres. Díaz Vélez cayó entre los heridos por el fuego de fusilería. La fogosidad puesta de manifiesto por los patriotas poco a poco fue minando el espíritu de los enemigos. El suelo del monte, del campo, las calles y el centro de la ciudad, estaban bañadas de sangre americana. Americanos componían los dos ejércitos, además, los jefes de los mismos también eran americanos.

Belgrano le hizo llegar a Tristán el siguiente mensaje: “Se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana; haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos que ocupan sus tropas, como yo voy  a mandar que se haga en todos los que ocupen los míos”. A la mañana siguiente los españoles entregaron sus armas bajo juramento donde se condicionaba que desde el general en jefe hasta el último tambor   no volverían  tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata, en las que se comprendían Charcas, Potosí, Cochabamba y La Paz.

Como saldo de esta encarnizada lucha los relistas sufrieron la pérdida de 17 jefes y oficiales, tomados prisioneros en el campo de batalla; 481 muertos; 114 heridos y rendidos 2.666, incluso 5 oficiales generales y 93 entre teniente y capitán. Además los vencidos entregaron 10 piezas de artillería, 2.188 fusiles, 200 espadas, pistolas y carabinas, todo su parque, maestranza y demás pertrechos de guerra. Las bajas del Ejército del Norte alcanzaron a 113 muertos, 433 heridos y 42 contusos.

Desde estas páginas elevamos las plegarias al Señor y la Virgen de Milagro por las almas de los caídos, como así para que reine el amor y la paz en todo el mundo.


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