domingo, 27 de enero de 2013

Los mitos de la guerrilla



por Max Boot

Miembro del Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations) y autor del libro ‘Invisible Armies: An Epic History of Guerrilla Warfare from Ancient Times to the Present’ (algo así como, Ejércitos invisibles: una historia épica de la guerra de guerrillas desde la antigüedad hasta la actualidad), en el que se basa este ensayo.



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Para un estudiante de la historia militar, el aspecto más asombroso de la actual coyuntura internacional es la ausencia de un conflicto donde se enfrenten dos fuerzas armadas uniformadas. El último fue una breve escaramuza entre Rusia y Georgia en 2008. En la actualidad, el fantasma de la guerra convencional, que ha dominado la imaginación de Occidente desde los días de los hoplitas griegos casi ha desaparecido.

El mundo, sin embargo, dista de haber alcanzado la paz. Argelia combate a quienes secuestraron a un grupo de personas en una planta gasífera. Francia lucha contra islamistas extremistas en Malí. Israel enfrenta a Hamas. Estados Unidos y sus aliados combaten a los talibanes en Afganistán, mientras que en Siria, el presidente Bashar Al-Assad pelea contra los rebeldes que tratan de derrocarlo. Colombia sigue confrontando, y negociando, con las FARC, al paso que México lucha contra las bandas de narcotraficantes. Eso sin olvidar a los países africanos que pelean contra el Ejército de Resistencia del Señor.

Son guerras sin frentes de batalla, sin fechas de inicio ni fin claramente definidas. Son conflictos enredados y sangrientos en los que los atacantes, a menudo sin uniformes, realizan emboscadas y atacan a la población civil. Se trata, en suma, de guerras de guerrillas y son mortales. Más de 60.000 personas han muerto desde 2011 solamente en Siria, según la Organización de Naciones Unidas. Casi 50.000 han perecido en la guerra contra las drogas en México desde 2006. Las guerras civiles africanas han cobrado cientos de miles de vidas. Los últimos 10 años han sido testigo de atentados terroristas sin precedentes, desde los ataques del 11 de septiembre hasta los bombardeos suicidas en Irak. Para entender la realidad actual, hay que entender a las guerrillas y las organizaciones terroristas que son sus parientes cercanos.

Por desgracia, nuestra ignorancia sobre la guerra de guerrillas es profunda, pese a que nos vemos enredados cada vez más en esta clase de conflictos. Contrario a lo que muchos creen, ni el Che Guevara, ni Mao Zedong inventaron la guerra de guerrillas y el terrorismo es mucho más antiguo que los Juegos Olímpicos de Berlín en 1972. La insurgencia tampoco es, como algunos han sugerido, un tipo de guerra “oriental”, algo que a los occidentales les cuesta entender.

Un examen del extenso historial de la guerra de guerrillas no sólo desempolva numerosos personajes interesantes y medio olvidados, sino que echa por tierra muchos mitos y nos permite abordar el tema de seguridad más apremiante de nuestra época. A continuación, las lecciones que debemos aprender, pero no hemos aprendido, de la historia de la guerra de guerrillas.

1. La guerra de guerrillas no es nueva. La guerra tribal, en la que una fuerza guerrillera se enfrentaba a otra, es tan antigua como la humanidad. Una nueva modalidad de la guerra de guerrillas, en la que un grupo subversivo luchaba contra un ejército convencional es solamente un poco más reciente: se originó en la Mesopotamia hace 5.000 años. Denominar a la guerra de guerrillas “irregular” o “no convencional” es entender el concepto al revés: es la norma del conflicto armado.

Muchas de las actuales fronteras y formas de gobierno en el mundo fueron determinadas por batallas entre ejércitos y grupos insurgentes. El Reino Unido, por ejemplo, fue “unido” cuando los ingleses derrotaron a movimientos guerrilleros escoceses e irlandeses centenarios. El repliegue del imperio británico fue en parte el resultado de una resistencia armada exitosa de grupos insurgentes, desde el Ejército Republicano Irlandés en los años 20 hasta los sionistas en los años 40. Incluso antes, la guerra librada por los colonos estadounidenses, algunos de los cuales peleaban como guerrilleros, formaron EE.UU., que alcanzó sus actuales fronteras al librar una guerra implacable contra los insurgentes indígenas del país.

Cuesta pensar en cualquier país en el mundo que se haya salvado de los estragos provocados por la guerra de guerrillas, al igual que cuesta pensar en cualquier organización militar que no haya dedicado una parte considerable de su energía a combatir las guerrillas.

2. La lucha guerrillera es la forma de conflicto universal elegida por los débiles, no una forma de guerra “del oriente”. Gracias en mayor parte al éxito de los comunistas chinos y vietnamitas para tomar el poder en el siglo XX, hubo una tendencia a presentar las tácticas guerrilleras como la expansión de Sun Tzu y otros filósofos chinos que supuestamente se enfrentaron a las tácticas convencionales adoptadas por próceres occidentales como Carl von Clausewitz.

En realidad, los antiguos ejércitos chinos e indios eran tan enormes y convencionales en su orientación como las legiones romanas. No fueron los chinos los que eran culturalmente proclives a la guerrilla sino más bien sus enemigos nómades.

Pero incluso poblaciones tribales como la turca, árabe y mongola, quienes usaron tácticas de guerrilla en su ascenso al poder, recurrieron a ejércitos convencionales para proteger los imperios que tanto les costó ganar. Su experiencia sugiere que son pocos los que eligieron la guerra de guerrillas de forma voluntaria. Es la táctica de última instancia de aquellos que son demasiado débiles para crear ejércitos regulares. Asimismo, el terrorismo es la táctica de última instancia para los que son demasiado débiles para crear movimientos guerrilleros.

3. La guerra de guerrillas ha sido tanto subestimada como sobreestimada. Antes de 1895, el valor de las campañas guerrilleras en general era subestimado, lo que llevó al desastre a oficiales demasiado confiados como George Armstrong Custer en su batalla contra los indígenas estadounidenses en 1874. Debido a que los irregulares se rehúsan a pelear cara a cara, no han recibido el respeto que merecen, a pesar de su capacidad consistente, desde los asaltos bárbaros a Roma, de humillar a los mayores imperios del mundo.

Desde 1945, la opinión ha ido demasiado lejos al otro extremo al considerar que los movimientos guerrilleros son invencibles. Esto se debe en mayor medida al éxito que disfrutaron un puñado de rebeldes como Mao Zedong, Ho Chi Minh y Fidel Castro. Pero estos casos distraen del ignominioso final que tuvieron la mayoría de los insurgentes.

En realidad, aunque las guerrillas a menudo han podido luchar durante años y causar grandes pérdidas a sus enemigos, rara vez han alcanzado sus objetivos. Los terroristas han sido aún menos exitosos.

4. Los insurgentes han tenido más éxito desde 1945, pero siguen perdiendo casi siempre. Según una base de datos que compilé, de 443 insurgencias desde 1775, los guerrilleros tuvieron éxito en 25,2% de las guerras concluidas mientras que los ejércitos oficiales se impusieron en 63,8%. El resto fueron empates.

Desde 1945, la tasa de victorias de los subversivos ha de hecho subido, a 39,6%. Pero las campañas contrainsurgentes vencieron en 51,1% de los casos. Como muchas empresas que empiezan, la mayoría de las organizaciones guerrilleras fracasan.

5. El evento reciente más importante en la guerra de guerrillas ha sido el ascenso de la opinión pública. ¿Por qué las guerrillas se han vuelto más exitosas desde 1945? Gran parte de la explicación se puede encontrar en el poder creciente de la opinión pública, impulsada por la expansión de la democracia, la educación, la tecnología de comunicación, medios masivos y organizaciones internacionales, todos los cuales han socavado la voluntad de los estados para involucrarse en campañas de contrainsurgencia prolongadas, en especial fuera de su propio territorio, y aumentado la capacidad de los insurgentes para sobrevivir incluso después de sufrir reveses.

Un ejemplo ocurrió en la Guerra de Vietnam, donde Estados Unidos fue vencido no porque fue superado en el campo de batalla, sino porque la opinión pública se puso en contra del país. Lo mismo casi ocurrió en Irak en 2007, y puede pasar en Afganistán.

6. Pocas campañas de contrainsurgencia han tenido éxito al causar terror en masa. Cuando se enfrentan a enemigos escurridizos, los ejércitos a menudo han recurrido a torturar sospechosos en busca de información, como hizo EE.UU. luego del 11 de septiembre de 2001, y a tomar sangrientas represalias contra los civiles, como están haciendo ahora las fuerzas de Bashar Al-Assad en Siria. Ese tipo de estrategias ha funcionado de vez en cuando (a menudo cuando los rebeldes dejan de recibir apoyo externo), pero con la misma frecuencia ha fracasado.

Incluso en el mundo antiguo, cuando no había activistas de derechos humanos o canales de noticias por cable, los imperios descubrieron que pacificar poblaciones inquietas a menudo involucraba garrote y zanahoria. Hubo beneficios considerables de participar en la Pax Romana, que ganó poblaciones al ofrecer “pan y circo”, caminos, acueductos y (lo más importante) seguridad frente a guerrillas y bandidos.

7. “Ganar corazones y mentes” suele tener éxito como estrategia antiguerrilla, pero no es tan emotivo como se suele suponer. El hecho de que EE.UU. y otros estados democráticos no puedan ser tan brutales como regímenes dictatoriales -o más bien, elijan no serlo- no significa que no puedan tener éxito en desactivar insurgencias. Simplemente tienen que hacerlo con un estilo más humano. En Irak en 2007-2008, el general David Petraeus mostró lo exitosa que podía ser una estrategia “centrada en la población”, al menos en términos de seguridad reducidos, al enviar tropas a vivir en áreas urbanas y al cortejar tribus sunitas.

El término mejor conocido para esta estrategia es “ganar corazones y mentes”, una frase popularizada por el general británico Gerald Templer, quien salvó a Malaya de una insurgencia comunista en la década de 1950. 
Pero el término es engañoso, ya que sugiere que una campaña de contrainsurgencia intenta ganar un concurso de popularidad. En realidad, el pueblo apoyará al gobierno sólo si es menos peligroso que apoyar a la insurgencia. Por eso las políticas centradas en la población que son exitosas buscan controlar a la gente con un despliegue de fuerzas de seguridad las 24 horas del día, no para ganarse su amor y gratitud al entregar pelotas de fútbol, insumos médicos u otros artículos.

8. La mayoría de las insurgencias son duraderas, los intentos de ganar una victoria rápida podrían resultar contraproducentes. La insurgencia promedio desde 1975 ha durado siete años. La cifra es incluso mayor para movimientos subversivos posteriores a 1945: casi 10 años. La duración de los conflictos de baja intensidad podría ser un motivo de frustración para ambos lados, pero los intentos de reducir el proceso normalmente provocan efectos indeseados. EE.UU. intentó hacer precisamente eso en los primeros años de las guerras de Vietnam e Irak usando su fuerza acostumbrada para cazar a los insurgentes y producir lo que John Paul Vann, un asesor legendario en Vietnam, denominó como “resultados superficiales y rápidos”. Fue solo cuando EE.UU. abandonó la esperanza de una victoria fugaz que comenzó a obtener resultados.

Una versión particularmente seductiva de la estrategia de “victoria rápido” es intentar eliminar a los líderes guerrilleros, como EE.UU. e Israel normalmente lo hacen con ataques aéreos contra grupos como al Qaeda y Hamás. Estas estrategias a veces funcionan.

Pero existe el mismo número de casos en que los líderes fueron eliminados pero el movimiento prosiguió más fuerte que nunca, como ocurrió con Hezbolá tras la pérdida de su secretario general en un ataque aéreo israelí en 1992. La caza de los cabecillas tiene mayor eficacia cuando se incorpora a un plan más amplio de ataque contra la insurgencia, con el fin de separar a los insurgentes del resto dela población. Si se realizan de forma aislada, estos ataques son prácticamente igual de eficaces que podar el césped: la organización habitualmente se regenera.

9. La tecnología ha tenido relativamente poca importancia en la guerra de guerrillas, aunque eso podría cambiar. Todas las tácticas guerrilleras y terroristas, desde secuestros de aviones y terroristas suicidas hasta el secuestro y emboscadas en carreteras, están diseñadas a socavar las ventajas de armamento de las fuerzas convencionales. En este tipo de guerra, la tecnología vale menos que en los enfrentamientos tradicionales. Ni siquiera la posesión de armas nucleares salvó a la Unión Soviética y a EE.UU. de sufrir derrotas humillantes a manos de las guerrillas. Si la tecnología ha influido en los conflictos de baja intensidad, ha ocurrido con mayor frecuencia en los conflictos sin disparos.

No obstante, el papel de la tecnología destructiva podría crecer en el futuro, si los insurgentes llegan a tener acceso a armas químicas, biológicas o nucleares. Una célula terrorista del tamaño de un pelotón podría contar con mayor capacidad destructiva que un ejército entero de países sin armas nucleares como Brasil o Egipto. Las armas cibernéticas también tienen la habilidad de causar estragos.

Este es un pensamiento aleccionador con el que podemos concluir. Sugiere que en el futuro, la guerra de guerrillas podría causar problemas incluso mayores que en el pasado para los líderes del mundo. Y estos problemas han sido sustanciales, variados y duraderos.

Max Boot
The Wall Street Journal 
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