martes, 26 de agosto de 2014

El P. Roque González de Santa Cruz, mártir jesuita. Por Alfredo Poenitz Historiador.




Orden de los caballeros de
su santidad el papa
"san Ignacio de Loyola" 

Priorato general de argentina


La acción evangelizadora de los jesuitas entre los guaraníes no fue una medida unilateral de la Compañía de Jesús. Fue el resultado de circunstancias favorables con las autoridades de Asunción, principal ciudad rioplatense entonces, en especial con el gobernador Hernando Arias de Saavedra entre 1607 y 1610.

El Provincial de los jesuitas en esos tiempos era el padre Diego de Torres, quien había decidido abrir en un principio tres frentes misionales: hacia el Paraná y el Guayrá, donde se hallaban grupos guaraníes, y el Chaco, habitado por indios guaycurúes, nómades canoeros. Las dos primeras misiones prosperaron, la última fracasó debido a la belicosidad de los indios chaqueños. La misión del Paraná se expandió hacia el río Uruguay, teniendo como protagonista principal de ese proceso evangelizador al P. Roque González de Santa Cruz, que fundó la reducción de Encarnación de Itapúa el 25 de marzo de 1615 y poco después erigió otro pueblo entre los guaraníes en la laguna de Santa Ana, cerca de la isla de Apipé. Cedida a  los franciscanos, esta reducción dio origen a la de la Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí, en la margen izquierda del Paraná.

La perseverancia de Roque González lo llevó a fundar un nuevo pueblo, cercano al Uruguay, Nuestra Señora de la Concepción, en 1619. Más tarde, San Nicolás, en 1626, y Nuestra Señora de los Reyes de Yapeyú, en febrero de 1627, la comunidad más austral de las Misiones Jesuíticas, fundamental para el comercio con Buenos Aires en un futuro.

Hacia 1628, el éxito misional, debido al empuje y decisión de los escasos sacerdotes que condujeron la empresa evangelizadora, era evidente. Se habían fundado once misiones en el Guayrá, dos en el Paraná, tres en el Alto Paraná y siete en ambas márgenes del río Uruguay. No obstante este empuje cristianizador entre la población guaraní fue ensombrecido por un hecho lamentable: el asesinato de Roque González y dos compañeros en el Caaró en noviembre de 1628.

Hacia el Caaró había dirigido sus esfuerzos misionales el P. Roque González, que contaba entonces con 52 años junto con otros dos sacerdotes, el P. Alonso Rodríguez y Juan del Castillo. El 15 de noviembre, estando en plena organización de una nueva comunidad cristiano-guaraní, los padres Roque y Alonso fueron asesinados por unos guaraníes sublevados al mando de un cacique llamado Nezú. Dos días después, esos mismos indios asesinaron al Padre Juan del Castillo en un pueblo cercano, Asunción de ijuhí. El grupo de sublevados pretendió extender su acción hacia el pueblo de San Nicolás, pero anoticiados de lo ocurrido en Caaró, Nezú y sus secuaces fueron detenidos por una partida al mando del cacique Ñeenguirú de Concepción. El 20 de diciembre de 1628 los alzados fueron ajusticiados.

Roque González de Santa Cruz había nacido en Asunción, Paraguay en el año 1576. Era el décimo hijo de un escribano español, Bartolomé González de Villaverde y de doña María de Santa Cruz, una asuncena mestiza. Roque tenía 12 años cuando llegaron a Asunción desde España los misioneros de la compañía de Jesús. A los 22 años fue ordenado sacerdote por el Obispo Hernando Trejo y Sanabria, Obispo de Córdoba. Siendo Párroco de la Catedral de Asunción ingresó a la Compañía de Jesús en 1609, cuando se fundó la Provincia Jesuítica del Paraguay. En 1611  fue superior de la reducción San Ignacio Guasu, la primera fundada por los Padres Jesuitas.

El corazón de San Roque fue enviado en la década de 1630 a Roma. En 1960, tras una breve estadía en la Argentina, ese símbolo religioso, milagroso para muchos, fue trasladado a la Capilla de los Mártires en el Colegio de Cristo Rey, en Asunción.

Los tres mártires fueron canonizados en 1988 por Juan Pablo II durante su visita apostólica al Paraguay. El lamentable hecho de Caaró fue paralelo a otra amenaza mucho más grave: la invasión de las bandeiras paulistas a los pueblos del Guayrá. El martirio de los curas del Caaró de algún modo era previsible en el programa misional, pero el incendio, destrucción y esclavitud de los guaraníes reducidos en el Guayrá y más tarde en el Tape llevó a los jesuitas a partir de ese momento a revisar sus métodos evangelizadores, en especial su política defensiva.


Por Alfredo Poenitz

No hay comentarios:

Ad Majorem Dei Gloriam

Ad Majorem Dei Gloriam
San Ignacio de Loyola

Archivo del blog