jueves, 21 de octubre de 2010

Principio y fin del Imperio de Loyola

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Es harto sabido que los jesuitas llevaron a cabo en América una empresa que aún hoy nos llena de admiración: las famosas misiones de las que nos quedan sólo las ruinas como mudos testigos de una experiencia que fue truncada.
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Este particular sello dejado en América comienza con un hombre en Europa. Ignacio López de Recalde nació en 1491 en el castillo de Loyola, fue soldado de la corte de Aragón hasta que sufrió terribles heridas en el sitio de Pamplona. Incapacitado para continuar la carrera militar, descubrió que podía pasar de la milicia terrena a la milicia celestial. En 1522 salió a recorrer el mundo como un caballero andante de Cristo y de la Virgen María, intentando incluso reanudar las cruzadas medievales para recuperar Tierra Santa. Sus intentos frustrados de llevar a cabo una labor tan grande le hicieron ver su desconocimiento del mundo por lo que se resolvió a estudiar en las universidades.
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Fruto de esas experiencias van cobrando forma sus Ejercicios espirituales que le permitirían organizar a sus reclutas como un ejército instruido y disciplinado, dispuesto a arrebatarles los dominios de la tierra a los herejes que pululaban por Europa; de este modo nace La Compañía de Jesús en 1540.
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A poco de iniciada la conquista de América, la orden de los Jesuitas se interna en los territorios recién descubiertos para convertir a los nativos y protegerlos de las herejías que asolaban el viejo mundo.
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El ejército de Loyola era tenaz, inteligente, bien instruido y con una férrea disciplina, lo que le permitió lograr la conquista incruenta de enormes territorios sin el sacrificio de armas, equipos y hombres que le demandaban a los adelantados.
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La estrategia de los jesuitas surgía de su capacidad de estudio e investigación: tan pronto como pusieron pie en América se dedicaron a observar, preguntar, consultar a los informantes nativos, tomar notas, elaborar gramáticas, diccionarios, mapas y crónicas. Con lo que lograron entrar en la cultura americana a través de sus palabras, sus símbolos, su modo de comprender y dotar de sentido al universo.
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Cuando algunos historiadores dicen que las misiones jesuíticas crecieron porque los indígenas contaban con un lugar que los liberaba del servicio de encomiendas, esa es sólo una verdad parcial porque, en primer lugar los misioneros se aproximaron a los nativos en su lengua, les explicaron la religión a través de sus símbolos y, en la producción económica, continuaron con el basto y eficaz sistema elaborado por los Incas: el aprovechamiento máximo de los productos locales para el intercambio entre los distintos centros de producción, asegurando el abastecimiento permanente de las misiones y excedentes para las ventas.
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El fenómeno americano de lo que Leopoldo Lugones llamó, con una buena dosis de admiración, El imperio jesuítico, es sólo una parte de la expansión que adquirió la orden fundada por Loyola. Si bien las misiones que se desarrollaron a lo largo y lo ancho de toda América constituyeron un verdadero Estado dentro del Imperio Español, en Europa, Asia y África, la Compañía de Jesús desarrollaba diversas actividades que incluían la educación en colegios y universidades, el asesoramiento e intervención en el gobierno civil y eclesiástico, el comercio y el espionaje. Es una historia muy conocida la del monopolio jesuita en el comercio con la corte japonesa y china y su intervención en las guerras civiles contra los manchúes.
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Con su triunfo sobre el mundo los jesuitas disminuyeron su cautela y realizaron maniobras políticas que los pusieron en evidencia frente a los monarcas absolutistas del siglo XVIII, de lo que se aprovecharon sus enemigos -comerciantes, hacendados, administradores y otras órdenes religiosas-, denunciándolos y aportando investigaciones y procesos en que se los acusaba de menoscabar la autoridad papal, desconocer el poder de los reyes, promover revueltas populares y difundir doctrinas contrarias al orden de cada reino.
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Portugal y Nápoles llevaron a cabo hacia 1750 investigaciones tendientes a evidenciar el enriquecimiento de la Compañía de Jesús con su “comercio mundano”; el Parlamento Francés se enfrentó a la orden consiguiendo que el rey confiscara las propiedades jesuitas en 1762 y que, finalmente, los expulsara del país en 1764.

En España, Carlos III en principio simpatizaba con los jesuitas, por lo que alentó a la orden a que continuara su labor en Paraguay y acogió a muchos religiosos desterrados de Francia, sin embargo, los ministros del rey se oponían a la Compañía de Jesús, y complotaron hasta que lo convencieron de que estos religiosos menoscababan su autoridad y promovían revueltas populares en América.
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Un argumento contundente contra la Compañía de Jesús fue el incumplimiento de los misioneros americanos de la orden de disolver las misiones ubicadas en los territorios reclamados por los portugueses, cuyo conflicto y desenlace fue dramatizado en el film La misión.
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Finalmente, en 1767 Carlos III determinó suprimir de todos los dominios de España a la Compañía de Jesús. La orden real se cumplió con la mayor celeridad que permitían aquellos tiempos, se cerraron todas las casas que los jesuitas poseían en España y sus colonias y todos los religiosos fueron arrestados y embarcados hacia Italia sin ninguna consideración por enfermos o ancianos.
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En esta parte de la historia nacen las leyendas acerca de los tesoros que ocultaron los religiosos antes de su captura, lo que algunos historiadores niegan aduciendo que la conspiración anti-jesuita fue llevada en secreto. Sin embargo, si sabemos que el disciplinado ejército de Loyola tenía una red de espionaje e información muy bien organizada es difícil creer que una amenaza de tamaña envergadura les haya pasado desapercibida.
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Los jesuitas, desterrados, desprovistos de todo lo que habían construido, perseguidos por sus múltiples enemigos deambulaban en tal estado de pobreza que carecían de sustento y vestido, hasta que el reino de Génova les ofreció un refugio en Córcega.
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Muchas cortes europeas reclamaban al Papa Clemente XIII la disolución total de la orden de Loyola, pero la muerte del Pontífice en 1769 demoró el proceso.

En agosto de 1773 el Papa Clemente XIV promulgó una bula por la que declaraba la supresión de la orden jesuita poniendo fin a cuatro años de lucha en el Vaticano entre distintas facciones que buscaban eliminar la influencia jesuita y sus ideas contrarias al absolutismo.
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Las posesiones de la disuelta orden quedaron en manos de administradores reales para ser entregadas luego a otras órdenes, como los franciscanos, pero curiosamente los pobres discípulos del Santo de Asís recibieron una magra limosna, mientras que las fortunas de los funcionarios se incrementaron espontáneamente; pero eso es parte de otra historia.
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