domingo, 18 de diciembre de 2016

LA AVENTURA DE LOS CONQUISTADORES.



Bandera de la Hispanidad en las Américas, 
adoptada como símbolo de las Américas 
por la séptima conferencia internacional 
Americana de Montevideo 
el 13 de diciembre de 1933.


Plantearse ir al Nuevo Mundo era asumir una vida dura, difícil y, sobre todo, fugaz. A las inclemencias del tiempo y de la selva, aquellos hombres aguerridos tuvieron que enfrentarse a la enfermedad, los mosquitos, el hambre, la sed, las emboscadas de los indígenas y a la avaricia. Esto era igual para cualquiera. Pero hablaremos de los jefes comandantes. Toda jefe expedicionario debía recibir un permiso de la Corona en el que figuraban sus derechos y obligaciones. No se deseaba cometer el error que se hizo con Colón concediendo muy valiosas prerrogativas. Hasta el año 1542 solo eran autorizados por el rey, pero con las Leyes Nuevas desde 1572 se hizo obligatoria la consulta previa al Consejo de Indias. Dejaba en manos del particular la tarea de buscar el capital, el material y los hombres, quedando al Estado la única obligación de prometer determinadas concesiones. Conscientes del tremendo desequilibrio existente entre riesgos y beneficios, ello no impidió que hombres como Hernán Cortés, Francisco de Pizarro, Pedro de Valdivia, Diego de Almagro, Alvar Núñez Cabeza de Vaca o Juan Vázquez de Coronado se hicieran al mando de cientos de hombres en busca de su particular El Dorado. El grueso de la comitiva la conformaban los soldados, pero en ella no podían faltar carpinteros, herreros, porqueros, mozos de caballerizas y, sobretodo, médicos o, en su defecto, un boticario o barbero instruido en el arte de curar. Milagrosamente, durante el primer viaje de Colón solo se registró un enfermo. La norma era que la enfermedad y las heridas estuvieran siempre a la orden del día. Uno de los capitanes más previsores fue Hernán Cortés, quien siempre llevaba en su corte a cirujanos, boticarios, curanderos y ensalmadores. Ninguno de ellos cobraba sueldo fijo, sino que se les pagaba por herido atendido. Cada uno de estos profesionales tenía sus trucos propios, heredados de la experiencia y de sus estudios, si los tenían, claro, que de todo siempre hubo. Contaban con el libro Milicia y descripción de las Indias. Por ejemplo, para curar las heridas por armas emponzoñadas recomienda cortar toda la carne afectada y levantarla con un anzuelo sin tocar los nervios. Pero si este remedio nos parece doloroso, peor era no contar con nadie que supiese de medicina. En esos casos solo restaba atajar los problemas de raíz y con los medios al alcance. Así lo hizo Alonso de Ojeda, quien, herido durante una refriega con los indios, optó por cauterizarse las heridas con un hierro al rojo vivo y luego envolverlas en mantas empapadas en vinagre por si las flechas estuvieran envenenadas. Entre los males destacaban las niguas, suerte de insectos cuya hembra penetra en la piel para depositar sus larvas que, al crecer, se van alimentando de la carne del huésped. La única forma de extraerlas era con un alfiler o una aguja. Después era muy difícil eliminarlas de la piel y su evolución solía conllevar la pérdida de los dedos o de los pies. Junto a las niguas, la sífilis y la modorra. De la sífilis poco hay que decir, al tratarse de un mal muy conocido en Europa. No así en América, donde diezmó a la población indígena. En cuanto a la modorra, esta sí fue una enfermedad novedosa para los españoles. Los síntomas incluían apatía generalizada, somnolencia acompañada por fiebres, falta de apetito… y al final, la muerte. Además de estas enfermedades, todos los conquistadores sufrieron períodos más o menos intensos de hambruna y de sed. Pese a lo bien planificadas de las expediciones, lo largo de las caminatas y los continuos percances menguaban las provisiones, obligando a los hombres a ingerir alimentos podridos, cortezas de árboles y hasta restos de sus compañeros muertos para sobrevivir. Famoso es ese episodio descrito por el expedicionario Ulrico Schmidel, relatando, cómo en el poblado de Santa María de los Buenos Aires, unos españoles aprovecharon la noche para rebanar los muslos y otras partes de tres compañeros suyos que yacían ahorcados por haberse comido un caballo para saciar su hambre. Leyendo lo descrito hasta el momento, no costará imaginarse lo sufrido que fue en verdad la conquista de América. “Los enfermos vivían muriendo; y los que estaban sanos aborrecían la vida, deseaban la muerte por no verse como se veían”, escribió Pedro de Cieza de León en su Descubrimiento y conquista del Perú. Entonces, ¿por qué continuaban avanzando? Primero, por sus deseos de mejorar socialmente. Dar la vuelta podía significar salvar la vida, pero también regresar a su vida de pobreza y miseria. Segundo, porque muchas veces se cruzaba el llamado punto de no retorno, tras el cual era más seguro proseguir que recular. Y tercero, porque ningún expedicionario abandonaba jamás a un compañero, ni le permitía dirigirse solo a la muerte una vez se emprendía la aventura. Pero también estaban los soldados, que la mayoría no eran profesionales. Imaginemos un poco la situación de esta gente. En el siglo XVI y dos siguientes más, era apenas un agricultor que sacaba para ir tirando malamente, campos que no eran suyos, sino del noble que correspondía, o de la Iglesia. Y sus antepasados hicieron lo mismo, pasarlas muy mal. De cuando en cuando era obligado a luchar en causas que no se había metido, pero de perderlas, en vez de trabajar para este, trabajaba para otro, que además le sometía un poco más, si es que se salvaba de morir, claro. 


Además sabía que sus hijos también harían lo mismo. Agachar la cabeza y rezar, que para eso estaba Dios que perdonaba todos tus malos pensamientos y las ganas de saquear al noble, mandar al cura al carajo y echarse al monte y robar por los caminos, que es lo que muchos hicieron, al fin y al cabo daba lo mismo morir de una manera que de otra, pero no daba igual vivir así.  Pero le llegan noticias de que, no se sabe muy bien en que punto de este puñetero mundo, hay una posibilidad de salir de estas. Se trata de ponerse a las órdenes de un tío, que ha descubierto unas tierras, que están a tomar por saco, pero que si llegas, si luchas, si no te matan y si tienes mucha suerte y logras volver, vendrás con oro y otras riquezas. Lo de vivir como la mierda aquí ya está claro, y lo de morir de asco también, con lo cual hay que intentarlo. Y fuiste, a hacerte rico, como sea, por las buenas o por las malas. ¿Enemigos? Todos los que quieras, empezando por sus propios compañeros, sus jefes y los indígenas, que al fin y al cabo eran los mejores. 


Y fuiste, y aguantaste la selva jodida, las fiebres, las enfermedades desconocidas, el calor y la humedad insoportables, las órdenes con mala leche, aguaceros, caimanes, corazas, armas, medallas, rezos, miedos y odios.  Y a abrirse paso, matando, saqueando y persiguiendo la sempiterna quimera del oro. Y muchos tuvieron que pagar el precio estipulado, morir en las laderas de los ríos, devorados luego por las alimañas, sacrificados por indígenas en la pira. Pero también en los ratos libres, mientras unos se pierden en la espesura tras el amor de la india, otros consiguen conquistar a aquellas gentes y enseñarles que están equivocados en sus dioses, y también en su idioma, que lo usen pero para ellos, que aprendan a hablar en cristiano. Y consiguen levantar pueblos, enseñarles lo que es una rueda, para qué sirve un caballo, y que no se hacen sacrificios a un compañero ni a una chavala de esa forma. Y lentamente se va formando una nueva civilización, todos con la bendición del papa y de la corona.  Algunos vuelven al pueblo y con algo de riqueza y muchas heridas en el cuerpo y en el alma. La mayoría se queda allá, en aquellas tierras, en tumbas perdidas en el mejor de los casos. Los que vuelven, están jodidos, terminan pidiendo limosna en nombre de Dios a las puertas de las iglesias. Mientras tanto la vida sigue y España se puebla de buitres reales, en forma de burocracia, de explotadores de minas y otras mandangas que se hacen cargo del asunto. Pero de todas formas, aquellos hombres, muchos se casaron con las indias, porque así lo manda la Santa Madre Iglesia, y queriendo a sus hijos, cuidándolos e inculcando lo poco que sabían unos, o lo mucho otros, que de todo ha habido, pero incorporándolos a una cultura que, en las tierras españolas que dejaron, eran capaces de construir catedrales góticas, conocer la física, la química, las matemáticas, la astronomía, saber navegar, medicina, escritura y artes. Para algo tenían de abuelo nada menos que a Roma y otras civilizaciones que les habían ido enseñando. Nada que ver con lo que estaban haciendo en el norte con los indios los ingleses, franceses y otras raleas que se dedicaban a exterminar o si acaso a juntarlos en zonas “reservadas”.  En fin, que de esta y otras formas, todos aquellos hombres fueron haciendo un mundo nuevo donde una lengua enorme aglutina hoy a 500 millones de personas.  Ya lo dijo Carlos Fuentes, «Se llevaron el oro, pero nos trajeron el oro».


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