jueves, 11 de abril de 2013

Curia General Orden de San Ignacio de Loyola. FRANCISCO, UN PAPA ARGENTINO PARA EL MUNDO ENTERO 19 de marzo de 2013 -Solemnidad de San José- por el Pbro. DOMINGO ALBERTO SORIA SOSA








La primera vez que lo conocí personalmente al cardenal Bergoglio fue cuando vino al seminario de Mercedes a darnos un retiro a los seminaristas, allá por el año 2000, invitado por el arzobispo de ese momento, Mons. Emilio Ogñeñovich. Eramos alrededor de 70 seminaristas que nos encontrábamos en ese momento en el seminario y lo esperábamos al cardenal en el comedor. Cuando entró nos saludó a uno por uno, dándonos la mano a todos los que estábamos allí. Fue una sorpresa.

En otra ocasión vino nuevamente a Mercedes a dar una charla a los curas y a los seminaristas. Luego de la charla hubo un lunch. En un momento dado vi que el cardenal empezó a dar vueltas por todo el salón, levantando la cabeza como si buscara a alguien. Cuando pasó por delante mío le pregunté -Monseñor, ¿está buscado a alguien? –Sí –me respondió –al chofer que me trajo, no quiero que se vaya son comer nada…- Otra sorpresa.

Y recuerdo un tercer episodio (de otros tantos) Cuando recién ordenado sacerdote asumí, junto a otros compañeros, como vicario parroquial de la Basílica de Luján estuvo presente también allí el cardenal Bergoglio, ya que después de 129 años de presencia de los padres vicentinos, volvía a hacerse cargo de la atención pastoral del santuario el clero diocesano. A mí me pidieron ser el maestro de ceremonias de esa Misa. Cuando ya estábamos para salir para la Misa, vino el padre Fernando Osti, de la arquidiócesis de Buenos Aires, que también asumía conmigo en la Basílica y me dijo -Mingo, está Bergoglio, pero fijáte si vos lo convencés de que se ponga la casulla porque no se la quiere poner- Fui entonces con la casulla en la manos hacia donde estaba el cardenal, lo saludé y le dije –Cardenal, aquí le traigo la casulla para que se la ponga- Y sin darle tiempo a que me dijera nada, inclinó su cabeza y yo mismo se la puse. No dijo nada.

En fin, pequeñas sucesos que lo pintan a Bergoglio de cuerpo entero. Luego, lo vi en repetidas ocasiones en sus visitas a la Virgen de Luján, sobre todo en el contexto de la peregrinación juvenil que se hace cada primer domingo de octubre. El iba el sábado anterior para confesar y se quedaba a dormir. Cenaba con nosotros, se iba a dormir y se levantaba muy de madrugada para ir a confesar a los peregrinos.

Durante las comidas hablaba poco pero observaba todo. Era más bien tímido, pasaba por delante sin ser notado. Pero siempre se estaba sereno y preocupado por los detalles. Tal como lo que está mostrando ahora a todo el mundo, un Papa que habla más con sus gestos que con sus palabras.

La noticia del nuevo Papa nos sorprendió a todos. Aún no terminábamos de asombrarnos de la renuncia de Benedicto, cuando al poco tiempo nos enterábamos que el nuevo Papa era un argentino. Es algo histórico desde muchos aspectos: en los veintiún siglos de historia de la Iglesia, es el primer Papa no europeo, el primer Papa del continente americano, el primer Papa jesuita, el primer Papa argentino… Dios tiene sorpresas inesperadas. La lógica de Dios no es la lógica del hombre.

Es así que hoy tenemos a Francisco Papa. El Papa es el Vicario de Jesucristo, sucesor de aquel rudo pescador llamado Simón a quién el Señor Jesús eligió para guiar a su iglesia, para ser la “piedra” (por eso le cambia el nombre de Simón por Pedro) sobre la cual habría de edificar su Iglesia y a la cual le promete que las fuerzas del infierno no prevalecerían contra ella.

En sus veintiún siglos de vida, la Iglesia ha atravesado períodos muy oscuros en los que parecía que estuviera a punto de derrumbarse. Y es imposible que no se haya derrumbado sino hubiera contado con una ayuda constante del Señor. Es conocida la anécdota de Napoleón. Fue en la época en que el emperador francés se enemistó contra el Papa y la Iglesia, llegando incluso a llevarse prisionero al Santo Padre Pio VII. Dicen que en esa ocasión expresó -¡Yo voy a destruir la Iglesia!- A lo que un cardenal que lo escuchó le respondió -Señor, Usted nunca podrá destruir la Iglesia- -¿Por qué?- respondió Bonaparte sorprendido. -¡Porque si en toda su historia no la hemos logrado destruir nosotros (os cardenales), mucho menos la logrará destruir Usted!-

Y así, efectivamente, la barca de Pedro –la Iglesia- ha atravesado fuertes tormentas en el mar de la historia pero nunca se hundió, a pesar de quienes se empeñaron en hundirla. Aún resuenan en nosotros aquellas palabras pronunciadas por Benedicto XVI en el histórico Via Crucis del 2005 en el Coliseo Romano (el último de Juan Pablo II): “¿No deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia?... ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!... Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia”

El mismo Benedicto ha dicho que no se ha sentido con fuerzas para seguir y ha dado ese paso tan valiente como humilde (casi heroico) de renunciar y dejar a alguien con más fuerzas para llevar a cabo la gran misión de purificar la Iglesia. 

Ahora le toca a Francisco guiar la barca en la tormenta. Por eso mismo, no es casualidad el nombre elegido, evocando al santo de Asis, quien en cierta ocasión en que oraba en el templo de San Damián, oyó una voz que parecía venir del Crucifijo y que decía: "Repara mi Iglesia, ¿no ves que se derrumba?" Y es aquel mismo Francisco a quién el papa Inocencio III le refirió haber visto en sueños cómo estaba a punto de derrumbarse la basílica de San Juan de Letrán (que es la Catedral del Papa) y que un hombre pobrecito, de pequeña estatura y de aspecto despreciable, la sostenía arrimando sus hombros a fin de que no viniese a tierra. Y exclamó: “Éste es, en verdad, el hombre que con sus obras y su doctrina sostendrá a la Iglesia de Cristo”

Está será la misión del Papa Francisco. Ya no es más el cardenal Bergoglio, ya no es más el arzobispo de Buenos Aires, ahora es Francisco y pertenece a la Iglesia y al mundo entero.



Pbro. DOMINGO ALBERTO SORIA SOSA
Capellán Orden de San Ignacio de Loyola
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