jueves, 16 de febrero de 2012

Finalmente juntos, después de 477 años




Presentamos la primera homilía del P. Jeffrey Steenson, ordinario del nuevo Ordinariato personal de la Cátedra de San Pedro, erigido en Estados Unidos para aquellos fieles anglicanos que desean volver a la plena comunión con la Iglesia católica, de acuerdo a las disposiciones de Benedicto XVI en la Constitución Apostólica Anglicanorum Coetibus.


“¡Qué bueno y agradable que los hermanos vivan unidos!” (Salmo 133, 1). Damos gracias de todo corazón al Papa Benedicto XVI por este don bellísimo, el Ordinariato Personal de la Cátedra de San Pedro, y rezamos para que pueda promover la causa de la unidad católica. Cuando el Cardenal Wuerl me dijo que el Santo Padre quería instituir el Ordinariato bajo este nombre, realmente me llené de alegría porque esto va al corazón de lo que debe ser nuestra misión, y nos ayuda sobre todo a comprender por qué Nuestro Señor ha confiado Su Iglesia a San Pedro.

Ríos de tinta han corrido sobre la interpretación de aquellas palabras del Evangelio que Jesús dirigió a Pedro en Cesarea de Filipo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 18). Ciertamente, para los católicos la interpretación autorizada de estas palabras viene del Concilio Vaticano I. Pero debemos reconocer honestamente que los cristianos han leído ese texto de modos diferentes. Incluso entre los Padres de la Iglesia no había unanimidad sobre el significado preciso de “sobre esta piedra”. El gran San Agustín mismo dijo: “el lector debe elegir: ¿esta piedra significa Cristo o Pedro?” (Retractaciones 1 ,20). Pero San Agustín, sabiamente, no planteaba la cuestión sobre la base de una cosa u otra, ya que Pedro lleva todo a Cristo. El camino es claro: nosotros somos de Cristo y Cristo es de Dios (1Cor. 3, 23).

Estoy agradecido de que, en el curso de mi ministerio, las enseñanzas del Beato Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI siempre han sido clarísimas sobre este punto: la Iglesia existe para llevar las almas a Cristo. Pero como afirma sencillamente el texto, Jesús ha investido a Pedro de un ministerio de fundamental importancia, y lo hace usando tres verbos en tiempo futuro: “edificaré mi Iglesia… las puertas del infierno no prevalecerán contra ella… te daré las llaves del Reino de los Cielos”. Cuando Jesús habla en tiempo futuro, Él atrae todo hacia sí, por eso sabemos que tal concesión no cesa con el Pedro histórico. En el momento en que el Señor pronuncia aquellas palabras, es anticipada toda la existencia de la Iglesia sobre la tierra hasta el final de los tiempos.

Al respecto, escuchad lo qué escribió San Anselmo, el 37º Arzobispo de Canterbury, tal vez el más grande teólogo, que dio brillo a la amena y verde Inglaterra: “Este poder fue confiado de modo particular a Pedro, de modo que nosotros fuésemos invitados a la unidad. Por eso Cristo lo nombró cabeza de los apóstoles, para que la Iglesia tuviese un principal Vicario de Cristo al cual pudiesen recurrir los distintos miembros de la Iglesia, en el caso de disensos entre ellos. Pero si hubiese más cabezas en la Iglesia, el vínculo de la unidad se rompería” (Cat. Aur. Mt. 16,19).

La primera vez que encontramos el versículo de Mt. 16, 18 aplicado específicamente a los sucesores de Pedro fue con ocasión de una controversia entre el Papa Esteban y San Cipriano de Cartago a mediados del siglo III. Con el riesgo de parecer pedante, espero que me permitáis hablaros brevemente de esto, ya que es muy relevante para el Ordinariato. En la tradición anglicana, los Padres de la Iglesia son tenidos en gran estima y nos han enseñado que es precisamente de ellos que debemos sacar orientación para afrontar las cuestiones teológicas.

Yo considero héroes a los Papas del siglo III, porque eran pastores valientes que buscaban recuperar a aquellos hermanos que, saliendo de la Iglesia católica, habían roto la plena comunión con ella. En un tiempo en que muchos obispos eran severos e intransigentes sobre la pureza de la Iglesia, Dios nos ha dado Papas que comprendieron que volver a acoger a los fugitivos y a los caídos forma parte de la misma esencia del ministerio conferido por Jesús a los apóstoles. En las cartas de San Cipriano, se encuentra una notable correspondencia reveladora con San Firmiliano de Cesarea sobre el Papa Esteban (Ep. 75 ca. 255): “¿Pero lo ves, Cipriano? ¡Realmente Esteban piensa que se sienta en la cátedra de Pedro, ya que nos manda aceptar el bautismo de estos grupos separados! ¡Realmente quiere que nosotros los consideremos cristianos!”.

Yo creo que éste es precisamente el contexto para comprender lo que el Papa Benedicto nos dice en laAnglicanorum coetibus. Algunos objetan que la Iglesia católica hace demasiado difícil el camino para alcanzar la unidad de los cristianos. ¡Pero mirad lo que se pide a aquellos que consideran entrar en el Ordinariato! Los anglicanos no sólo deben ser acogidos sino confirmados en su estado, y su clero ordenado en forma absoluta. ¿Acaso se pide volver a empezar todo desde cero? ¡Ciertamente no! Desde Ceferino hasta Calixto, Cornelio y Esteban – los Papas del siglo III, que casi todos ofrecieron su vida como mártires y que gobernaron la Iglesia en tiempos en que parecía que realmente las puertas del infierno podían prevalecer, amenazando con destruir su unidad esencial -, la Iglesia católica simplemente pedía que los vínculos de caridad fueran restablecidos sacramentalmente invocando la presencia del Espíritu Santo. Estos son hermanos y hermanas que vuelven a casa.

El primer principio del Ordinariato es, por lo tanto, la unidad de los cristianos. San Basilio Magno, el más grande ecumenista de la Iglesia, gastó literalmente su vida para construir puentes entre hermanos ortodoxos que participaban de la misma fe pero que se habían dividido entre ellos en una Iglesia tristemente fragmentada por la herejía y la controversia. Él enseñaba que se requiere un decidido e incesante esfuerzo para alcanzar la unidad de los cristianos. Así como un viejo abrigo se vuelve cada vez más roto y más difícil de enmendar, la unidad de la Iglesia nunca se debe dar por descontada sino que exige gran diligencia y valentía por parte de sus pastores (Bas. Ep. 113). San Basilio hablaba a menudo con nostalgia de la archaia agape, del antiguo amor de la comunidad apostólica, tan raramente visible en la Iglesia de sus tiempos. Este amor, enseñaba, es un signo visible de que el Espíritu Santo está realmente presente y activo, absolutamente esencial para la salud de la Iglesia. No hay mejor ilustración de esto que en la gran escultura de la Cátedra de San Pedro, en el ábside de la Basílica de San Pedro: la cátedra de Pedro está sostenida por los grandes Padres de la Iglesia, mientras que suspendida en lo alto por encima de todo, está la luminosa paloma de alabastro, el Espíritu Santo, que sumerge todo en la irradiación del amor divino.

Hay mucho por celebrar en el patrimonio del anglicanismo, sus tradiciones litúrgicas, espirituales y pastorales, que la Iglesia católica acoge como un tesoro para compartir. Pero debemos ser claros sobre nuestros principios. Durante 477 años en los cuales los anglicanos han estado separados de Roma, muchos fieles han rezado con fervor y haciendo grandes sacrificios para el acontecimiento de este día. En obediencia y confianza han abrazado generosamente lo que Jesús pide en la oración por la unidad de sus discípulos (Jn. 17, 21). De hecho, no es coincidencia que tal reconciliación tenga lugar precisamente en el tiempo en que el Papa Benedicto ha puesto la nueva evangelización en lo más alto de la agenda de la Iglesia. Convertirse y conformarse a imagen de Cristo significa que Su Iglesia será transformada y renovada completamente. Me gusta mucho el concepto que ha expresado nuestra canciller, la Dra. Margaret Chalmers: “nuestro patrimonio son los fieles”. Abramos, por lo tanto, nuestros corazones, en humildad y amor, a todos los cristianos divididos por la cultura, por las circunstancias y por las incomprensiones. Tendamos la mano con amistad a todos aquellos que buscan la Verdad. Ellos son nuestros compañeros de viaje. Comenzamos firmes en la fe de que Dios nos ha dado a Pedro, con la mano firme sobre el timón, que nos restituye a Jesús, “el Pastor y el Obispo de nuestras almas” (1 Pedro 2, 25).



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