LUCHARON POR LA PATRIA DESDE 1806
Por S.P. Padre Domingo Alberto Soria Sosa, Delegado Episcopal para la Liturgia , de la Soberana Compañía de Loyola " Ver nombramientoLo que debería ser para él un motivo de alegría (o al menos algo que no tendría por qué molestarle) se convierte de pronto en un motivo de desdeñoso rencor y de secreto duelo.El envidioso puede tener más poder que el envidiado, pero nunca tendrá más autoridad. El poder viene de afuera, en cambio la autoridad sale de adentro. El poder (o el cargo) puede obtenerse por buenos medios… pero puede obtenerse también con amiguismos, con "arreglos", con prebendas... en cambio la autoridad sólo se obtiene con la coherencia de la vida y con la fidelidad a los propios ideales.El hombre poderoso, si no es virtuoso, buscará cuidar su poder (o su puesto) a rajatabla, sin que nadie se lo toque, no temiendo "pisarle la cabeza" a los demás, si es necesario; en cambio el hombre virtuoso y con autoridad tendrá la sabiduría de advertir que si tiene poder, no es para siempre, y que dicho poder siempre debe estar al servicio de la verdadera autoridad, y no a la inversa...El envidioso puede ser "superior" por el poder que tiene, pero (siguiendo la cita de Napoleón), será "inferior" (absolutamente) ante quien tiene verdadera autoridad, aunque no tenga poder...El envidioso no soportará que alguien que tiene menos poder que él sea querido, sea seguido, sea escuchado... Y por ello no será feliz... porque nunca tendrá paz... Por lo tanto recurrirá a las armas de las almas inferiores: la mentira, la calumnia, el "chusmerío"...El envidioso es un gran hipócrita... Tendrá aires de solemne virtud, pero en el fondo seguirá siendo siempre un "pobre tipo"...Dos ejemplos de la historia: Alejandro VI y el monje Savonarola. El Papa Alejandro VI tenía el poder absoluto, pero no tenía autoridad debido a su vida disipada; su contemporáneo Savonarola no tenía poder ninguno, era un “pobre fraile”, pero tenía autoridad, vivía lo que predicaba... Luego la historia es conocida: Savonarola fue quemado en la hoguera... En apariencia venció el Papa fornicario y perdió el austero monje; en la realidad (que ve Dios), el poder del Papa Borgia tuvo su final y la autoridad del monje estoico trascendió los espacios y los tiempos... Y hoy, tal como sucedió con Juana de Arco, se propone llevar a Savonarola al honor de los altares...En fin, así son las cosas y así seguirán siendo... Pero no hay que temer al envidioso, pues ya tiene como castigo su propio veneno y, por lo tanto, su propio fin...Concluyo citando un extracto de José Ingenieros, autor de "El Hombre Mediocre", precisamente donde se refiere en dicha obra, con intempestiva prosa, a los envidiosos:“La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia. Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los necios fue siempre el pedestal de un monumento. Es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al Metal”“El envidioso pasivo es de cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el asesinato: diríase que es un miope cirujano predestinado a herir los órganos vitales y respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue al mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por incapacidad de reírse; le atormenta la alegría de los satisfechos. Proclama la importancia de la solemnidad y la practica; sabe que sus congéneres aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la irremediable inferioridad…… El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que le ignora o desprecia, gusano que se arrastra sobre el zócalo de la estatua.…Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla a sus vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una cacería de águilas o decretar un apagamiento de astros!”Por eso, cuando estos “roedores de la gloria” nos envidien, o hablen de nosotros por detrás pero no tengan la hombría de hacerlo de frente, recordemos las palabras de Baltasar Gracián: “Triste cosa es no tener amigos, pero más triste debe ser no tener enemigos, porque quien enemigos no tenga, señal de que no tiene: ni talento que haga sombra, ni valor que le teman, ni honra que le murmuren, ni bienes que le codicien, ni cosa buena que le envidien”En fin, parafraseando a Heinrich Boll que decía: “Me aburren los ateos, siempre están hablando de Dios”… yo también diría: “Me aburren los envidiosos, siempre están hablando de mí”
San Ignacio de Loyola fue en un principio un valiente militar, pero terminó convirtiéndose en un religioso español e importante líder, dedicándose siempre a servir a Dios y ayudar al prójimo más necesitado, fundando la Compañía de Jesús y siendo reconocido por basar cada momento de su vida en la fe cristiana. Al igual que San Ignacio, que el Capitán General del Reino de Chile Don Martín Oñez de Loyola, del Hermano Don Martín Ignacio de Loyola Obispo del Río de la Plata, y de del Monseñor Dr Benito Lascano y Castillo, Don Carlos Gustavo Lavado Ruiz y Roqué Lascano, desciende de Don Lope García de Lazcano, y de Doña Sancha Yañez de Loyola..


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