jueves, 4 de agosto de 2011

Medio Ambiente - Desertificación y seguridad alimentaria

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En agosto de 2010, Naciones Unidas anunció el lanzamiento del Decenio de los Desiertos y la Lucha contra la Desertificación (2010-2020). Fue en el marco de la Segunda Conferencia Internacional sobre Clima, Sostenibilidad y Desarrollo de las Zonas Semiáridas.

Se trata de un importante compromiso a favor de la protección de las tierras secas del mundo, que aspira a consolidar una alianza mundial para revertir este proceso. Según el informe presentado por la ONU, superan los 1.000 millones las personas afectadas por una realidad que sigue creciendo a un ritmo de 12 millones de hectáreas anuales que ven degradada su productividad natural por diversos procesos que afectan el ambiente.

“Aunque no logra alcanzar la dimensión que tienen otros temas como la biodiversidad o el cambio climático, del que nadie se anima a no hablar”, bromea Octavio Pérez Pardo, director de Conservación de Suelos y Lucha contra la Desertificación de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, “la problemática de la degradación del suelo está apareciendo cada vez más en la agenda pública”. Y destaca la importancia de generar una real conciencia acerca de un fenómeno ambiental y socioeconómico mundial del que depende la vida de las personas, ya que a la cada vez mayor degradación de tierras productivas se suma el vertiginoso crecimiento de la población mundial.

“Creo que no falta mucho tiempo para advirtamos que se trata de un tema prioritario como lo es garantizar la sostenibilidad del planeta y de los seres humanos. La ecuación es sencilla: vamos a tener menos tierra para producir más alimento para mayor cantidad de gente. Lo que deberíamos analizar entonces es cuántas calorías necesita un ser humano para alimentarse y qué cantidad de alimentos precisamos para cubrir las necesidades de la población mundial”, puntualiza el especialista.

UN PROBLEMA MUNDIAL

Según la definición internacional, la desertificación es la degradación de la tierra en regiones áridas, semiáridas y subhúmedas secas –zonas en las cuales el balance hídrico es negativo-, resultante de diversos factores, entre los que se cuentan las variaciones climáticas, la agricultura no sostenible y el mal manejo de los recursos hídricos. “Este fenómeno que afecta a todos los continentes – hay desertificación en Estados Unidos, Canadá, Australia, China, nordeste de Brasil, Argentina, España, por mencionar algunos países- es clave porque la tierra es el insumo necesario para la producción de alimentos”.

Son variados los fenómenos relacionados con el cambio climático que inciden en la productividad del suelo, pero entre ellos se destacan el aumento de temperatura y la distorsión del ciclo del agua. “Según las zonas, aumenta o disminuye el nivel de precipitaciones habituales; por derretimiento de los hielos sube el nivel de mar; se salinizan tierras o se erosionan por precipitaciones extremas; hay más huracanes, el aumento de temperatura genera sequías que deterioran la producción y el suelo; además, a igual cantidad de lluvia hay más evaporación, por lo cual tierras que eran húmedas se transforman en áridas o semiáridas”, enumera Pérez Pardo.

Otro elemento fundamental es el relacionado con las actividades humanas que destruyen la cobertura vegetal, dejando la tierra desnuda. Ejemplo de ello es el sobrepastoreo –colocar más animales de los que un campo puede soportar- que desgasta la capacidad de carga de los suelos y la práctica agrícola no sustentable que genera erosión en las tierras con pendiente o salinización de los suelos por ausencia de canales de drenaje que permitan eliminar el exceso de agua. También generan pérdida de la capacidad productiva los monocultivos que empobrecen y agotan la tierra. “Los monocultivos de cualquier clase no son una adecuada práctica de conservación. Hay que rotar y cortar los ciclos para que el suelo pueda ir recuperando su fertilidad”, sostiene Pérez Pardo.

Por último, es esencial el tema de la deforestación que está considerada una de las más graves alteraciones de la cobertura terrestre. “Los desmontes no planificados –que además de derribar suelen prender fuego los bosques- generan un gran deterioro del suelo. No es lo mismo el suelo en Pergamino o Balcarce donde la fertilidad llega al 4% de materia orgánica, que en Santiago donde llega a poco más del 1%. No se puede pretender hacer el mismo uso en cualquier región”.

EL ROL DE NACIONES UNIDAS Y LA SITUACIÓN EN LA ARGENTINA

Creada en 1994, la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD) es el único acuerdo internacional que vincula legalmente a sus miembros en favor del medio ambiente, el desarrollo y la promoción de suelos sanos. Los 193 países signatarios de la Convención se comprometen a trabajar para aliviar la pobreza en las tierras secas, mantener y restaurar la productividad de la tierra y mitigar los efectos de la sequía. Durante el período 2010-2011 Argentina se encuentra la frente de la presidencia de la CNULD, por haber sido la sede de la última Conferencia de las Partes, realizada en Buenos Aires en 2009.

Refiriéndose puntualmente a la Argentina, Octavio Pérez Pardo explica que históricamente se tuvo la creencia de que nuestro territorio era infinito, fértil, húmedo, una pampa interminable, el granero del mundo… “Era una idea muy buena para hacer marketing o una excelente propaganda, pero pésima para creer que fuera cierta”, apunta. Y basta traducir en números la superficie del país para comprender que no se equivoca, ya que de las alrededor de 280 millones de hectáreas que tiene el país, sólo 64 son húmedas y el resto, áridas, semiáridas o subhúmedas secas. “Por supuesto que la parte húmeda –donde está Pergamino, Balcarce, Corrientes, parte de Santa Fe, etc.– es maravillosamente rica, pero es el 25% del territorio. Es minoritario, pese a que muchos creen que es el 100% del territorio”.

Dicho de otro modo, en el 75% del país falta agua y si tenemos en cuenta que Argentina es el octavo país más grande del mundo, debemos concluir que es uno de los que tienen mayor cantidad de territorios áridos a nivel global, “situación similar a la de Australia, solo que Australia lo sabe y Argentina no quiere aceptarlo”. Pese a esta realidad, el especialista afirma que Argentina tiene enormes posibilidades futuras en materia agropecuaria y que es muy importante que tengamos en claro el país que tenemos. Conocerlo nos permitiría mejorar las estrategias de conservación de suelo y discutir más rigurosamente las políticas de recursos hídricos. “El agua es un recurso escaso, pese a la presencia de ríos increíbles en las zonas húmedas, tenemos también la Patagonia, un desierto frío y con agua, atravesado por el río Colorado. Otro caso es el de una provincia como Mendoza que tiene conciencia de lo árido, tanto que aquel que corte un árbol va preso”. En definitiva, como ocurre con otros temas, carecemos de una visión integral a futuro. “Debemos dejar de vernos como el país de los gauchos a caballo que galopan en medio del verde y generar una visión real. Somos un país donde todo se produce en la tierra: aceites, granos, harinas, carnes, etc. y es indispensable que elaboremos una visión estratégica que nos ayude a planificar usos del suelo para los distintos sectores”.

Respecto de las medidas que pueden implementarse, el ingeniero Pérez Pardo hace hincapié en la captación y uso del agua, “existe tecnología de captación de agua de lluvia o de la humedad atmosférica”; en la siembra directa –práctica conservacionista que utilizan algunos agricultores argentinos-; sistemas de alerta temprana para sequías que permitirían anticipar en dos o tres meses cómo viene el ciclo del agua, por ejemplo”. Pero más allá de las disposiciones concretas, el eje del problema es cultural. “Más allá de que las explicaciones técnicas existen y son importantes, el ambiente lo debe manejar desde el experto hasta el ama de casa, es una cuestión que involucra desde presidentes a albañiles, desde universitarios a empleados porque la conciencia ambiental tiene que ser transversal”, reflexiona.

Entre los problemas para avanzar en la lucha contra la desertificación, Pérez Pardo menciona la dispersión de la información, ya que pese a que existe en forma aislada en universidades e institutos, la Argentina carece de un mapa de base que le permita tener una mirada global. Por otra parte, destaca que contamos con un importante desarrollo tecnológico que es necesario vincular a las propias necesidades nacionales. “Por ejemplo, en la Puna el agente generador de erosión más importante es la escuela porque –debido a la ausencia de gas en la zona- los maestros le piden a los alumnos que lleven leña. Entonces una política de incorporación de energía solar sería la mejor solución, teniendo en cuenta, además, que se trata de uno los mejores lugares del mundo para captar esta energía. Hoy se están instalando paneles, calefones solares. Otro caso donde la energía solar sería indispensable, es el de la provincia de Mendoza, donde el 3% del territorio –de donde sale el 80% de la riqueza– se riega”, ejemplifica.

EL PROGRAMA NACIONAL DE LUCHA CONTRA LA DESERTIFICACIÓN

En la Argentina se lleva adelante, en el marco de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable, el Programa de Acción Nacional de Lucha contra la Desertificación –PAN-, cuyo objetivo es contribuir al desarrollo sustentable de las zonas afectadas, mejorando las condiciones de vida de la población. El PAN tiene intervención en todo el territorio nacional y coordina el accionar de instituciones y organismos públicos nacionales y provinciales, organizaciones no gubernamentales y asociaciones de productores relacionadas con el problema. “Las provincias argentinas mostraron un fuerte interés en este programa e incluso varias legislaturas locales lo declararon de interés provincial, hecho de gran importancia debido a que los recursos están en manos de los estados locales”. Este programa que ya se encuentra en etapa de implementación cuenta actualmente con financiamiento del Fondo Mundial para el Medio Ambiente de la ONU (GEF, por sus siglas en inglés). “Queremos empezar a trabajar en una escala que permita mostrar que estamos revirtiendo algunos problemas”, afirma. “En la Patagonia, por ejemplo, llevamos dos años de trabajo con una inversión de 5 millones de dólares de donación. Dentro del mismo proyecto estamos por implementar en el Chaco una inversión de siete millones de dólares para el manejo racional de los bosques”.

Por último, el ingeniero Pérez Pardo subraya el desarrollo de un sistema de monitoreo y evaluación de la degradación del suelo que la Secretaría de Ambiente está llevando adelante junto al Conicet y distintas universidades e institutos nacionales “Tenemos la tecnología y hemos logrado unificar la metodología. Lo que falta es montar un sistema nacional y armar una plataforma financiera de apoyo e incentivo a la conservación, según las actividades y las zonas del país, pero estamos trabajando con miras a lograr implementarlo el año próximo”.

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