miércoles, 16 de septiembre de 2015

Las funciones trascendentales de las universidades jesuitas.


El 14 de Agosto se llevó a cabo la ceremonia inaugural del Curso Otoño 2015 para los posgrados de la Universidad Iberoamericana Puebla, en ese marco el Maestro José Teódulo Guzmán Anell, S.J.; cariñosamente conocido como el Padre Teo, dirigió un mensaje muy significativo sobre lo que significa la labor educativa para la compañía de Jesús, reflexión que con gusto se comparte en las siguientes líneas.


La Universidad Jesuita se fundamenta en tres funciones trascendentes: la docencia, la investigación y la vinculación, llamada también extensión; cada una de ellas representa un desafío en la formación de los seres humanos, y un pilar que fortalece el desarrollo integral de la persona.

La docencia es una actividad vital para el aprendizaje, implica más allá de enseñar o mostrar contenidos, asumir el compromiso de transformar la inteligencia y la voluntad a través del desarrollo de capacidades y habilidades, fomentar en pensamiento crítico, libre y comprometido; aspirar a la trascendencia. Una persona con conciencia crítica sobre su realidad comprende el modelo económico, sus asegunes y vericuetos; aprende a ver de forma compasiva pero inteligente, responsable y próxima, son líderes sociales con espiritualidad, amor al prójimo y compromiso, hombres y mujeres que asumen como baluarte servir y no servirse.

Una docencia responsable y crítica genera el espacio adecuado para la investigación, que va más allá de la obtención de nuevos conocimientos y resolución de problemas con la aplicación del método científico a través de la aplicación de herramientas cualitativas o cuantitativas. Tales fines son necesarios y bien aplicados pueden generar oportunidades de progreso para cualquier comunidad. Sin embargo, en un compromiso más hondo, la investigación es la llave para descubrir la realidad en todas sus dimensiones científica, social, ambiental, económica, cultural o política y entonces transformarla en y desde su contexto; desde abajo y desde adentro de cada ser humano; comprometidos con y para los hombres que sufren las consecuencias de las injusticias.

La investigación representa la oportunidad para entrar en diálogo con otras culturas, para construir autoconocimiento en apertura con los demás. Reflexionar sobre la propia praxis, revisar nuestro accionar y evaluar lo aprendido y realizado hasta ahora, para desde ahí cambiar la realidad; como dijera el Dr. Javier Sánchez Díaz de Rivera, “estamos condenados al diálogo”.

Con lo aprendido a través de la docencia y lo indagado y atendido desde la investigación, cobra sentido de manera natural la tercera función: la vinculación. Ésta supone una tarea social que se encarna no en la dinámica de un mundo consumista y materialista, sino en la necesidad de los vulnerables, de los desfavorecidos que deben ser el fin primordial de la investigación; más allá de la intención de la aportación, reconocimiento y publicación de hallazgos en revistas especializadas o impartir conferencias en coloquios o foros nacionales o internacionales.

El verdadero sentido de la vinculación es relacionarse y dejarse tocar por los problemas concretos de cada comunidad, zona urbana o conurbada. El desafío es pues no perder la capacidad de admiración por lo que ocurre y llevar como estandarte la justicia, la democracia y los derechos humanos, tarea que parece sencilla pero que implica una gran fortaleza que anime, acompañe y construya.

La docencia, la investigación y la vinculación fundamentan los rasgos de la espiritualidad ignaciana:
· Excelencia académica, que emana de una actitud ignaciana manifiesta en el magisterio.

· Humanismo manifiesto en la capacidad de empatizar y generar sintonía con todo lo humano.

· Fe y justicia, cultivar virtudes sólidas para aprender a integrar sensible y asertivamente el conocimiento. Ser libres a través de la indiferencia, que contrario a la concepción común del término que nos remite a desmerecer o dar cualidad de poco importante a las cosas o situaciones, desde la concepción Ignaciana significa caminar libre y ligeramente, sin ataduras. Siempre aprendiendo, reconociendo y manifestándose a favor de la mayor gloria de Dios.

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Ad Majorem Dei Gloriam

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