domingo, 21 de marzo de 2010

Caballeros de Loyola: El primer año del siglo XVII se inició la andadura de los jesuitas en Almagro. Poderosas familias de la ciudad, vinculadas con la Orden de Calatrava

El primer año del siglo XVII se inició la andadura
de los jesuitas en Almagro. Poderosas familias de la ciudad, vinculadas con la Orden de Calatrava y las explotaciones mineras de Almadén aportaron caudales para esta fundación. Entre ellos figuran Sebastián y Magdalena Mera, Pedro Franco de Mera y Rodrigo de Avalos, quienes adquirían con ello el derecho a ser enterrados en la iglesia conventual. Iniciadas las obras en 1610, pronto se alzó el imponente conjunto de Colegio e iglesia, dedicándose los religiosos de la Compañía de Jesús a la enseñanza y evangelización en la ciudad y comarca. Hasta que en 1767, y en virtud de la Pragmática real de Carlos III de expulsión de los jesuitas, hubieron de abandonarlo todo. Propiedad a partir de entonces del Ayuntamiento, no se llegó a dedicar a Hospicio, como estaba previsto, sino a oficinas de la Mesa Maestral de la Orden de Calatrava. En 1802 alojó nuevamente a religiosos, pero esta vez freires de Calatrava, quedando la iglesia de propiedad del municipio, trasladando a ella la vieja parroquia de San Bartolomé, cuya es hoy la advocación del templo jesuítico. El convento se ha destinado, desde hace tiempo, a lugar de actividades educativas y sociales.
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Poco cabe decir del gran edificio conventual de la Compañía. Grande era para acoger a un numerosa congregación de religiosos, y grande para aplicarlo a la enseñanza de todos los niños de la ciudad y comarca. Este colegio de la Compañía en Almagro presenta una sólida y austera construcción, en la que debe reseñarse la curiosa disposición de los escalones que enlazan los distintos niveles del zaguán de entrada con el sótano y la amplia escalera de caracol de planta cuadrada con rellanos intercalados que pone en comunicación las tres plantas del edificio. Su fachada principal, de 46 metros de longitud, ubicada en la calle del Gran Maestre, responde a la severidad constructiva y ausencia de detalles ornamentales, propia de la arquitectura desornamentada de evocación herreriana. Se utilizaron materiales sencillos, propios de la zona, como el ladrillo y la piedra caliza, que forman el sólido de los zócalos, y los muros, resaltados a tramos por pilastras gigantes realizadas en ladrillo que atraviesan verticalmente el edificio. Es espectacular la serie de grandes ventanales cubiertos de rejas que le dan el aire inconfundible de edificio conventual.
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La iglesia de la Compañía comenzó a ser levantada en 1625, una vez construido el Colegio, y tardó casi un siglo en acabarse. Es una construcción gigantesca y espléndida, una evidencia de las normas arquitectónicas de la Orden, basadas a su vez en teoremas teológicos y litúrgicos, en función del nuevo concepto religioso emanado de Trento, en el que se propugna un catolicismo sensible y místico, al tiempo que didáctico, batallado y muy gráfico. Se acabó este templo en 1764, como se ve en las campanas, muy poco antes de ser expulsados los jesuitas de España. Está basada en una planta de nave única con capillas laterales que se comunican entre sí. Crucero cubierto de gran bóveda hemiesférica, en la modalidad de cúpula encamonada, en la que las dovelas de piedra tradiciona¬les son sustituidas por una armadura de madera revestida de ladrillos y enlucida y decorada posteriormente por adornos de yeso. Una técnica que ya había sido probada con éxito por Fray Lorenzo de San Nicolás en sus construcciones agustinas. En todo caso, es esta de Almagro una cúpula valiente, ornamentada en estilo barroco, lujuriosa de aspecto y volúmenes, maravillosa, en fin, para quienes gustan de ver arquitecturas limpias. En la fachada, de piedra y ladrillo, sobresale la calle central de la portada, en la que luce el gran arco de medio punto que cobija la portada, al tiempo que define también, el vano rectangular que la remonta así como el gran frontón triangular de coronación.
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No existen noticias documentales acerca de la autoría de este templo. Solamente sabemos que en cierto momento, a comienzos del siglo XVIII, era el maestro manchego Tomás Núñez de la Barrera quien dirigía las obras. Pero las trazas, no constan, aunque es lógico que se siguiera en ella los modelos ya establecidos por Mercurian para todas las iglesias de la compañía en toda Europa.
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