domingo, 14 de marzo de 2010

Caballeros de Loyola. La Mujer en el Nuevo Mundo .Una historia que encierra otra historia

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Por S.E. Don Andres Mendieta S.O.C.M.H.S.I.L.
Capitán General de la Provincia de Salta
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Cada vez que nos aprestamos hacer historia de la conquista y colonización de América surgen matices de opresión; abusos y violencias inexcusables; tributos angustiosos; esclavitud, torturas; genocidio y esclavitud; androfobia y cuantas otras cosas que, con los ojos de hoy, denigran al género humano.
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Ubiquémosno en la época. Hace más de 500 años existían disímiles culturas, cultos, ceremonias religiosas; virtudes y defectos similares a lo que acontece actualmente. Debo confesar, con profundo dolor, de que en pleno siglo XXI esta misma historia se repite y quienes miran el pasado no observan a quienes se burlan de los Derechos Humanos y a la Vida.
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La historia de la conquista política, colonización y evangelización debe tratarse con la humildad de la verdad, sin triunfalismo ni falsos pudores dado que hubo aciertos y hubo errores. No fue obra de ángeles y demonios. Fue una gesta de hombres. Con esto no deseo hacer “españolismo” ni “indigenismo”, voces de pura y de simple pasión dialéctica, faltas de sostén real pero sí tras bucear la historia perdida.
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Isabel la Católica, mujer y reina
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En primer lugar mencionaré a aquella mujer nacida en Madrigales de las Alta Torres, en 1451, hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal. Me estoy refiriendo a Isabel la Católica quien asistió a Cristóbal Colón en su empresa descubridora. Omitiré hacer reseña sobre el reinado de Isabel, pero sí, algunos aspectos íntimos de esta soberana amante de las letras y de todo lo que constituye la educación pública y de la evolución de los pueblos.
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Una madre excepcional. Brindó a sus hijos enseñanza, formación religiosa y moral. Las herederas se educaron en las labores propias y hasta en las más humildes de su género. Hilaban, cosían, bordaban. Por su consagración hacia el prójimo fue ensalzada por el pueblo ya que empleó a los mejores maestros españoles e italianos para su educación.
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En su testamento dictado antes de morir ordenaba al rey y príncipes sucesores: “no consentir ni dar lugar a que los naturales y moradores de las Indias y tierras firmes, ganadas y por ganar, recibiesen agravio alguno en sus personas y bienes, sino que fuesen bien y justamente tratados, y si algún agravio hubiesen ya recibido, que lo remediasen y proveyesen”.
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Otra acción que honra a la reina: la de su sencillez. Acordó que en el instante de su muerte sea inhumada en la templo de San Francisco de Granada, cubierta con túnica de franciscana, en tumba baja y austera. Que sus exequias sean simples, sin cortina de luto, sin excesivas velas y, de lo que debía gastarse en sepelio lujoso se ocupe en vestir a los pobres; en el pago de todas las deudas; el aporte para el casamiento de todas aquellas que quisieran consagrarse al servicio de Dios; como para vestir a doscientos pobres y para salvar de la esclavitud a cautivos.
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La mujer indiana
Una vez más debo insistir que no es digno juzgar los hechos y costumbres de ayer con los uso del siglo XXI. Para ello veamos cual es la definición correcta de cultura, según el Diccionario de la Real Academia:”Conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o grupo social en un periodo determinado. El término ‘cultura’ engloba además modos de vida, ceremonias, arte, invenciones, tecnología, sistemas de valores, derechos fundamentales del ser humano, tradiciones y creencias”.
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En base a ello se puede decir que los primeros españoles que tocaron estas tierras se encontraron con que la mujer se desempeñaba en inferioridad de condiciones con respecto a los hombres.
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Por ejemplo, en los mayas ambos comían por separado y si llegaban a hallarse en el andar la mujer debía aislarse bajando la vista. Demetrio Pérez Ramos, en su “Historia de la colonización española en América”, cuenta que los aztecas podían echar de sus moradas a las mujeres de mal genio, vagas o estériles; aunque las vejadas o no debidamente sostenidas podían separarse de sus maridos, mientras que las viudas solo podían casarse con el hermano del difunto.
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Por su parte, Henri Lehmann dice que había prostitución y que los plebeyos cedían a los nobles sus hijas como concubinas y que la poligamia era posible en la medida de la fortuna del varón. Entre los quichuas existía la costumbre que el Inca, cuya esposa, diremos oficial, debía ser su hermana y podía tomar otras mujeres.
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En cambio, los chibchas o muiscas, asentían la poligamia y había nobles que tenían un centenar de mujeres. Manuel Ballesteros se refiere que entre los mapuches, a la muerte del hombre, la mujer pasaba al hijo mayor o pariente más cercano y sostiene que en la América precolombina las tareas de horticultura estuvo en manos de la mujer; era costumbre de los chibchas que el tributo al cacique se pagara con mujeres, que, esclavizadas, tenían hijos con aquel. Esos niños se convertían en manjar de su padre en actos de canibalismo repugnante.
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De la misma manera, Salvador Canals Frau en su trabajo “Las poblaciones indígenas de la Argentina”, habla que en algunas tribus indígenas la mujer que iba a contraer nupcias era comprada; en otras era común el sororato, vale decir, el derecho del esposo, al casarse, de unirse también con todas las hermanas de su mujer.
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Son muchos los pruebas sobre el estado en que vivía la mujer, que al día de hoy podemos considerarlo como aberrante pero, hace quinientos años atrás era parte de un sentido de vida. Al llegar los conquistadores muchos de ellos se unieron con aborígenes y comenzaron a gestar los primeros mestizos. Si eran casados convivieron con las nativas hasta que llegaron sus esposas; si eran solteros, hasta casarse con peninsulares.
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La historiadora Lucía Gálvez, autora de “Mujeres de la Conquista”, reflexiona que los españoles, “para tranquilizar sus conciencias, se conformaban con bautizar y catequizar a sus queridas, convertidas en una suerte de “amas de casa” mientras durase el concubinato”. De esta tesis surge lo que decía Francisco de Aguirre: “… se hace mas servicio a Dios en crear mestizos que el pecado que ello se comete”.
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En España muchas esposas de los expedicionarios cumplían trámites para poder emigrar al nuevo continente. Otras, solteras y viudas, soñaban con viajar a las tierras descubiertas con el deseo de contraer matrimonio.
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En esos tiempos en Europa había una superpoblación de mujeres y tenía que optar o la soltería o el convento. Cuando Colón disponía su tercer viaje por real cédula del 23 de abril de 1497 se lo autorizaba para tomar a sueldo hasta 330 personas de diversos oficios: 40 escuderos, 100 peones de guerra y de trabajo, 34 marineros, 30 grumetes, 20 lavadores de oro, 50 labradores, 10 hortelanos y 20 oficiales de “todos oficios”. Por primera vez se habla del acceso al largo viaje de treinta mujeres y de la necesidad de llevar “algunos instrumentos de música para pasatiempo de las gentes que allá han de estar”.
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Las mujeres que querían cumplir el viaje –que duraba desde la península hasta algún puerto de América alrededor de ciento diez días- eran exigidas, como primera medida, pedir la debida licencia en la Casa de Contratación y, después, negociar con el capitán de la nave el precio del pasaje.
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Cumplido estos tramites debían contar con el siguiente equipaje: ropa de cama (colchón, almohada, sábanas y frazadas), ropa de vestir fuerte, tazas y batería de cocina; bebidas y alimentos para las necesidades de los mas de tres meses de travesía. Entre los avisos que se daban era que la ropa de cama sea liviana a los efectos que pueda, durante el día, estar atada en cualquier lugar del navío.
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El capitán se exigía dotarle a la viajera la cantidad de agua que necesitare. Los tripulantes y pasajeros debían dormir en cualquier escondrijo dado que sólo había camarotes para unos cuantos.
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Las crónicas de aquel entonces dicen que “los viajeros –que eran acompañados por pulgas, chinches, piojos y ejércitos de cucarachas y ratas- debían levantarse a tiempo, a riesgo de ser pisados por los marineros y los restantes pasajeros”.
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La autora de “Las conquistadoras”, la historiadora tucumana Teresa Piossek Prebich, de quien he tomado algunos datos para este comentario, dice: “Todos comían a igual hora tras haber cocinado en el fogón común instalado en la cubierta, que no se encendía si había mal tiempo. Los alimentos, salvo en los primeros días en que se conservaban frescos, al promediar el viaje estaban enmohecidos o descompuestos, lo mismo que el agua, que se volvía hedionda y de mal sabor. No obstante, los sedientos pasajeros aguardaban ansiosos el momento en que el capitán les hiciera servir su ración diaria”.
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La mujer llegada a tierra debía cumplir muchas tareas y hasta alcanzó a ocupar el rol de sus esposos. Desde la limpieza de las viviendas, la cocina, la costura, el cuidado de los hijos, la enseñanza de las primeras letras, la catequización y hasta curar a los enfermos y heridos; actuar en algunas situaciones de guardián y guerrear contra los indios, si fuera necesario.
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Poco tiempo pasó para que, entre españoles y nativas, pudieran convivir dentro de un marco de gran cordialidad. Hasta la Corona se elevaron nutridas denuncias de atropellos cometidos por parte de peninsulares, obligándola a dictar medidas tendientes ayudar a las nativas y a sus hijos.
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Entre otras, figuraban estar exentas al trabajo en las minas y en las labranzas con un embarazo mayor a cuatro meses; las solteras se obligaban con sus padres y las casadas no podían ser exigidas a efectuar trabajos mineros. La mujer aborigen no pagaba tributo y no se la podía intimar a amamantar niños blancos cuando lo estaban haciendo con los suyos propios.
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En los obrajes no se admitía trabajar a mujeres, a menos que se tratara a labor propia del sexo y que fueran acompañada de sus padres hermanos o esposos. Algo más vinculado a las nativas: quedaban exceptuadas de las mitas, al igual que los niños, ancianos y enfermos; sus padres no la podían regalar no encerrarlas; se prohibió la poligamia y a quienes las impulsaran al concubinato; que sirviesen a los caciques; que anduvieran solas pastoreando y que ejerciera la prostitución.
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Para finalizar desde este pedestal tributo homenaje a todas estas mujeres (nativas, mestizas y españolas) desconocidas, sencillas, ocultas, anónimas, cuyos nombres permanecen sin aureolas titilantes y que cimentaron con esfuerzos y sacrificios la gran nación americana.
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http://www.ordendeloyola.org/
ingreso@ordendeloyola.org
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